Aclarémonos. Estamos hablando de alegría y presteza del ánimo para hacer algo. Cualidad básica de quien emprende y sostiene el empeño a pesar de las malaventuras o de los infortunios. Lo veo en mis alumnos y en mis compañeros. Mejor dicho, (fuera sexieufemismos), en mis alumnas y en mis compañeras. Afortunadamente, no es rasgo que singularice una determinada edad. Hay jóvenes displicentes que se inician en la profesión como si el mundo necesitara su espíritu quejoso y mayores vivaces que, con sus cotidianos gestos de celebración de la vida, alimentan las ganas de quienes les acompañan en su aventura. Será más bien cuestión de carácter e itinerario. Lo cual no obsta para que sigamos encontrando ejemplos que alimenten los tópicos (haberlas hailas) de la joven animosa y la mayor huraña; de la ingenua lozana y la experta desengañada. O el perito en acrimonias que decide extender sus asperezas por el ancho mundo. Por eso, sin duda, mejor alacre.
martes, 28 de mayo de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
El día de la primera eyaculación
66 años, 10 meses, 6 días Jueves, 16 de agosto de 1990
"Polución", anuncia Mona metiendo las sábanas de los muchachos en la lavadora. ¿Nocturna? Y diurna, precisa ella añadiendo un par de calcetines pegajosos y dos calzoncillos vitrificados por el esperma. Pues sí, para el moco se ha inventado el pañuelo, la escupidera para la saliva, el papel para las heces, aquí está el recipiente para la orina, el más fino cristal para las lágrimas del Renacimiento, pero nada específico para el esperma. De modo que, desde que el hombre es adolescente y descarga en todas partes donde le empuja la pulsión, intenta esconder su fechoría con los medios que tiene a mano: sábanas, calcetines, guantes de aseo, trapos, pañuelos, kleenex, toallas, borradores de redacciones, periódicos del día, filtro para café, todo sirve, incluso las cortinas, las bayetas y las alfombras. Siendo la fuente inagotable, siendo las pulsiones innumerables e imprevisibles, nuestro entorno es una vergonzosa jodienda. Es absurdo. Urge imaginar un receptáculo para el esperma que regalaríamos a cada jovencito el día de su primera eyaculación. El asunto estaría ritualmente regulado, sería la ocasión para una fiesta familiar. El muchacho llevaría su joya en bandolera, tan orgullosamente como su reloj de primera comunión. Y se la ofrecería a su prometida el día de los esponsales, concluye Mona, muy interesada en mi proyecto.
Daniel Pennac, Diario de un cuerpo.
Este bizarro fragmento de Pennac me ha traído a la mente dos curiosas referencias que me desasosiegan. Por un lado, el cuento "El buscador" de Jorge Bucay. Por otro, el refrán paterno para desperezar al hijo remolón: "Quien mucho duerme, poco vive". ¿Será el tiempo eyaculado el verdadero tiempo vivido? ¿Caben varias poluciones en un sueño remoloneado? E incluso ¿tendrá algo que ver la habitual sustitución de las recias cortinas por los vaporosos visillos con la disminución de esperma en el hombre occidental?
miércoles, 10 de abril de 2013
El poder de la regla
43 años, 10 meses, 7 días Jueves, 17 de agosto de 1967
Insulto de Bruno tras un acceso de mal humor de Lison: "¿Te sangra el conejo o qué?" Lison, que tal vez tenía la regla- a veces le resulta dolorosa-, enmudece sobrecogida. Y Bruno se ruboriza. Esas bromas gamberras sobre la regla de las jóvenes son una invariable histórica. Se huelen ahí un misterio femenino del que están excluidos, la intrusión de una complejidad que fundamenta a la mujer como misterio... El insulto a la muchacha convertida en mujer, cuando uno mismo se siente aún lejos de ser un hombre, es la venganza corriente de los jovencitos. Pero la potencia normativa producida por la doble homonimia de la palabra "regla" les intimida. Esta hermana a la que finjo despreciar es la detentadora de la regla. Posee el instrumento de medida. Dicta las reglas. Regula el curso de los astros. Esos gamberros querrían que la palabra "regla" asqueara, pero su homonimia impone.
Daniel Pennac, Diario de un cuerpo.
martes, 9 de abril de 2013
Acceso de infancia
61 años, 7 meses, 22 días Sábado, 1 de junio de 1985
Al final de "Greystoke", el viejo lord, durante una fiesta de Navidad, se mata resbalando por la escalera del castillo, sentado en una gran bandeja de plata que le sirve de trineo. De niño, bajaba con esa misma bandeja los peldaños desde la nursery, pero ya no tiene edad para eso, ya no controla la trayectoria y se mata en una curva. Su cabeza choca con un pesado pilar de madera. Gran pesadumbre de Tarzán. (Y de Grégoire.) El viejo lord ha sido víctima de un ataque de infancia. Eso debió de sucederme ayer cuando, de pronto, he jugado a asustar al perro. El niño brinca en mí muy a menudo. Presume de mis fuerzas. Todos estamos sujetos a esos accesos de infancia. Incluso los de más edad. Hasta el fin, el niño reivindica su cuerpo. no cede. Intentos de reapropiación tan imprevisibles como incursiones. La energía que despliego en esos momentos es de otra época. Mona se asusta viéndome correr tras un autobús o trepar a los árboles para coger una pieza de fruta fuera de alcance. No me da miedo que lo hagas, sino que unos segundos antes no pensabas en hacerlo.
Diario de un cuerpo, Daniel Pennac.
El, en esta ocasión, sexagenario protagonista de Diario de un cuerpo, a partir de la muerte del viejo lord en la película Greystoke, desentraña sus propios accesos de infancia, algo así como la preeminencia de la energía infantil sobre el carácter adulto. Y yo, a partir de sus ejemplos, caigo en la cuenta de mis propios accesos. Mis fingidos refriegas con mis niños. Esas que empezamos y, ya sanguíneos y agotados, no sabemos terminar, hasta que llega mamá y nos saca aún más los colores, especialmente a mí ( "...y el padre, el más niño").
O ese otro acceso (un mero hápax corporal) en que, cercano a la meta, me adelanta una joven corredora y, sin pensar hacerlo, emerge el niño que la alcanza, la sobrepasa y reivindica su cuerpo. Energía herida.
martes, 2 de abril de 2013
Fondo de "almario" a diario
Conforme el tiempo y mis dudas avanzan, más lector me siento. Profeso la lectoría. Y en tanto que leo, menos hesito sobre la primacía de la femínea alma. Por azar, armonizo estos días la lectura de dos obras sobre o con forma de diario: La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero y Diario de un cuerpo de Daniel Pennac. Ambas notables por nutricias. Rosa Montero hila logradamente las reflexiones que Marie Curie escribió en su diario tras la traumática muerte de su marido con su propia vida y sus propias muertes. ¡Qué capacidad la de estas mujeres para tentarse el alma! El libro de Pennac, un prodigio y un hallazgo. Un adolescente, a partir de sus miedos, decide escribir un diario de los placeres y dolores de su cuerpo. Este culminará prácticamente con la muerte anciana del protagonista. Es tan físico este diario que no ahorra escatologías, ya excrementicias ya doctrinales. Pero cuando alguna anotación tiende a traspasar la epidermis y rozar lo sentimental, el protagonista se detiene para no torcer su físico propósito.
El otro día, a propósito del cuento de Borges Historia de los dos que soñaron, pedí a mis alumnos y alumnas que transformaran el final de este relato de tal modo que lo contara un narrador protagonista en forma de diario, especialmente una vez que el capitán de Isfaján cuenta su sueño al hombre de El Cairo. Pues bien, yo quisiera saber quién nos adieta a los hombres el autoconocimiento. ¿Lo nuestro es lenta maduración o desatino programado ? Abrumado pude comprobar que a los adolescentes, chicos o grandes, nos falta fondo de "almario". Me explico: nos falta tentarnos el alma, meter las manos dentro y manosearnos y ensancharnos para comprender nuestras angustias, nuestros miedos y nuestras ilusiones. No todas pero bastantes de mis alumnas hicieron oportunamente la actividad: encabezamiento con fecha, tono reflexivo más que narrativo en el que valoraban cómo el hombre de Isfaján había desperdiciado su sueño. En cambio, ningún chico rozó un final en forma de diario. A lo más que llegaron fue a contarlo en primera persona. Pero ni tono reflexivo ni fecha que lo enmarque. Todo un síntoma de almas solares, diáfanas... sin espesura, sin fondo.
sábado, 16 de febrero de 2013
Lo común
Las palabras interinan
significativamente nuestra existencia: van y vienen; ahora son unas y
antes fueron otras. A veces cambian sus adentros, a veces sus afueras. El uso, como a la falsa monea, las desgasta y transforma. No obstante, podemos hilar
el rastro de su venero. Y no viene mal, de vez en cuando, airear los orígenes etimológicos, apartar la mugre semántica y que el primer primor asome.
Lo común es que el adjetivo común se entienda más en segunda, tercera o cuarta acepción que en primera que es la que da cauce y sentido al resto; más como "corriente, ordinario, vulgar, bajo, inferior, despreciable" que como aquello que "no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios". Es curioso que, en este caso, los brillos de lo colectivo se los haya apropiado totalitariamente la doctrina: religiosa y política.
"Comunicar" del latín communicare y este de communis (común, mutuo, participado). No viene mal recordar que comunicar no es solo informar en ruedas de prensa sin preguntas; ni que la comunicación existe más allá de los medios (o correas de transmisión). Que comunicar, para la inmensa mayoría, es sobre todo hacer a otro partícipe de lo que uno tiene.
"Comunidad" que es tanto cualidad de común como conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes. Y resulta que despotricamos de las comunidades de vecinos y de la propiedad horizontal y perdemos el culo por las banderas que blasonan las comunidades históricas y la propiedad vertical.
"Comunión" que es participación en lo común. Pero hete que la primera y eucarística, se tragó al resto. Para colmo de males, incluso significa partido político en sexta acepción.
"Comulgar", que es coincidir en ideas o sentimientos con otra persona, casi queda en exclusiva para dar o recibir la sagrada comunión o a lo más, ruedas de molino.
"Comuna" que no solo es un rejunte de bienes hortelanos y males sexuales sino también acequia principal de donde se sacan los brazales.
"Comunismo" que es movimiento que propugna una organización social en que los bienes son propiead común. Pero también, doctrina que agrisó larga y anchamente muchas vidas.
Quizá aquí esté el origen de este sesgo, en la deletérea costumbre de adoctrinar que no es otra cosa que instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias. Y hasta aquí llegamos, hasta inculcar que es, ni más ni menos, que apretar con fuerza algo contra otra cosa. La fuerza (vigor, robustez) que los doctrinarios hacen por quitarnos lo común (sanidad, educación, servicios sociales) y la que nosotros no hacemos para conservarlo.
martes, 5 de febrero de 2013
Dominios de almohada
Él hunde la cabeza en la almohada pero el escrúpulo sigue allí, rondando su conciencia.
Ella mira el rayo de luna que se cuela por la persiana hasta el remate de la funda, al borde de sus ojos.
Él alisa con sus mejillas, uno a uno, los pliegues de la cobija, con el deseo de que a la par se aseden los dobleces que lo angustian.
Ella hiende la noche como la proa raja el mar.
Él adhiere los extremos de la almohada, en denodado esfuerzo de brazos y nuca, como si fueran haz y envés de un mismo lado.
Ella prolonga el cuello más allá del cabecero y aún de la propia habitación...pero el alma no se estira.
Él encorva el cuerpo cual si rabiara precipicios.
Élla se atraviesa en diagonal como si buscara nortear por el mar de sábanas inclementes.
Él quisiera infamar la noche que le oscurece el deseo...pero teme el hierro.
Ella sueña con otro hombre...
...Y él también con otro tú.
Afortunadamente, no hay noche que resista un buen día de sol.
Ella mira el rayo de luna que se cuela por la persiana hasta el remate de la funda, al borde de sus ojos.
Él alisa con sus mejillas, uno a uno, los pliegues de la cobija, con el deseo de que a la par se aseden los dobleces que lo angustian.
Ella hiende la noche como la proa raja el mar.
Él adhiere los extremos de la almohada, en denodado esfuerzo de brazos y nuca, como si fueran haz y envés de un mismo lado.
Ella prolonga el cuello más allá del cabecero y aún de la propia habitación...pero el alma no se estira.
Él encorva el cuerpo cual si rabiara precipicios.
Élla se atraviesa en diagonal como si buscara nortear por el mar de sábanas inclementes.
Él quisiera infamar la noche que le oscurece el deseo...pero teme el hierro.
Ella sueña con otro hombre...
...Y él también con otro tú.
Afortunadamente, no hay noche que resista un buen día de sol.
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