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domingo, 4 de diciembre de 2011

Condolencias y elegías

Disculpad la crudeza, pero quien está vivo tiene muertos, ya sean naturales o accidentales, distantes o íntimos, recordados u olvidados. El proceso de duelo tras una muerte es personal pero reconocible en esa idea de que una vida es todas las vidas. Según la psiquiatra Elisabeth Kubler-Ross, ante un intenso dolor, las personas solemos pasar por cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. 

A veces, pasado el tiempo del pasmo y el abismo,  nos encontramos en la necesidad de ordenar nuestro dolor, de amoldarlo a palabras que mitiguen la herida, de compartir la tristeza y el recuerdo. Para ello, hay que acercar el perfil humano, la intimidad de la persona ausente, pues, con ella muere una cara que no se repetirá jamás, como dijo Plinio (tomo estas referencias del libro de Pere Ballart El contorno del poema, Acantilado, Quaderns Crema, 2005).

Es casi inevitable hiperbolizar las virtudes de la persona difunta, así como borrar sus macas. Ya sabemos que la ausencia tiende a alterar la realidad y el recuerdo a dulcificarla. Pero nos conviene el equilibrio si buscamos la aprobación de quienes se puedan condoler. El tono exageradamente exclamativo, la muestra excesiva de desamparo, la impúdica búsqueda de conmiseración y las generalizaciones no emocionan; hay que acudir al detalle, a los sentidos y explicar quién fue, por qué y cómo murió, qué nos unía a él o a ella. Parafraseando a Pere Ballart, no podemos hurtar al personaje su concreta humanidad. 

Leamos estos dos textos a propósito de la muerte del poeta Ángel González aparecidos en el periódico El País en la edición del día 13 de enero de 2008.

Las lecciones de mi amigo
JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD 
(Ángel González, maestro de la generación del 50, muere en Madrid a los 82 años)
No quisiera yo, poco dado a pompas, ser inútilmente grandilocuente en la triste hora de la despedida de Ángel González. Pero el caso es que se ha ido mi amigo del alma. Era mi amigo del alma, del que hoy sólo acuden a mi memoria los buenos momentos y todo lo que fui capaz de aprender en nuestras andanzas. Recuerdo las noches largas, en las que buscábamos el último bar de la madrugada. Recuerdo las risas y las infracciones contra los biempensantes y los abstemios, que han sido nuestros enemigos de toda la vida.
También lo que he aprendido en su sabia compañía. Han sido muchas y esenciales cosas. Me enseñó a incorporar la ironía a mi poesía. Me hizo darme justa cuenta de lo necesario que era restarle solemnidad a nuestro trabajo. Nunca lo he olvidado. Como tampoco soy capaz de dejar de pensar que voy quedándome más solo, que uno por uno van desapareciendo a mi alrededor, sin que pueda evitarlo, aquellos amigos a los que más quiero. Me hacen sentirme ya como un superviviente y lo más curioso es que ni siquiera me alarmo.

Tratando de Ángel
JAVIER RIOYO 

Hace muchos años que muchas cosas que no sabíamos cómo decir ya las había dicho Ángel González. Y, por suerte, también las había escrito. Y crecimos con su poesía construida con aspereza y otras luces. Era luminoso, tenía el éxito de todos los fracasos, resistía, luchaba contra el viento, contra el tiempo y contra sí mismo. Ganó la batalla de ser el más esencial poeta llamándose nada más, nada menos, que Ángel González.
Ayer, una vez más convocados por Chus Visor -su semejante, su hermano, su editor-, habíamos quedado para ver a González. No en el habitual bar de tantas noches, la segunda casa del poeta, en el mítico Kon-Tiki, sino en un hospital. Andaba el poeta con esa mala salud del que se ha bebido muchas noches y se ha fumado hasta la madrugada y un poco más. Es decir, andaba recto y digno, como sólo lo sabía hacer Ángel González.
Cuando llegué a la habitación de Ángel -después de haber despedido al inmortal, amable, liberal, divertido y amistoso Pepín Bello- me encontré al caballeroso, lector y cantor de Ángel a punto de comer una tortilla, después de haber tomado un caldo y antes de un yogur. Algo estaba mal. Esa apariencia de buen apetito, salud y agua mineral no auspiciaba nada bueno. De repente habla del futuro: beber, fumar, leer poemas en varios frentes, cantar unas rancheras, quedar con Pepe Caballero, Pepa, Joaquín, Luis, Benja, Juan, Almudena y hacernos unas nocturnidades. Hablar mal de los malos, decir la mentira a los confesores y resistir hasta que el güisqui se nos subiera a los pies. Estaba en forma, estaba en Ángel. Antes de irnos, tranquilizados con su mala salud habitual, Chus encontró una toba en el suelo de la habitación. ¿De quién es este cigarro de tu marca? El poeta miraba hacia otro lado, se extrañaba... como un niño pillado en falta. Susana, su mujer, resolvió la incógnita: "Habrá venido con algún zapato vuestro". Una mentira poética. Sí, pero de un vivo por completo. Palabra sobre palabra.

En el primero, ya desde el título, se identifica el vínculo. En el segundo, la sobrecarga de nombres de familiar trato, da la impresión de que quien escribe conoce más a Pepa, Joaquín, Luis, Benja,… que al propio Ángel.
El artículo de Caballero Bonald humaniza la figura de Ángel González: la hace cercana y valiosa. En un primer párrafo nos muestra su vida nocturna entre bares; en el segundo, las dos principales cosas que aprendió en su compañía: el uso de la ironía en su poesía, ligado con la rebaja de la solemnidad en el oficio que compartían. Estos apuntes bastan para los tres principales propósitos: mostrar el dolorido sentir, recordar al amigo e interesarnos a los lectores por el personaje.

Por el contrario, el texto de Javier Rioyo resulta hiperbólico tanto en detalles como en valoraciones. ¿Por qué es valiosa la poesía de Ángel González? Pareciera que Rioyo escribe para Pepe Caballero, Pepa, Joaquín, Luis, Benja, Juan, Almudena. Como podemos apreciar, a veces más es menos. 

Hay en nuestro patrimonio literario señeros ejemplos de elegías que dan cuenta de lo personales y reconocibles que son los pesares ajenos: Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. Es quizá esta última en la que se aprecia mejor esas cinco etapas de las que hablábamos al comienzo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Quizá por eso nos resulte más cercana que el sermo humilis de las Coplas por la muerte de su padre. Y más, si cabe, musicada por Serrat.

Textos expositivos

Exponer significa, entre sus principales acepciones, “presentar algo para que sea visto” y “hablar de algo para darlo a conocer”. Suele aparecer una pregunta, explícita o implícita, como punto de partida. A partir de esta carencia, los textos expositivos presentan la realidad culturalmente elaborada y dan a conocer el mundo pasado, presente o futuro. Los utilizamos para la transmisión de información y de saberes de cualquier índole o materia, tanto técnicos como divulgativos. Pero, en realidad , esa transmisión  busca transformar la acción humana. No podemos hacer las cosas igual tras haber conocido; en eso consiste el saber.

Antiguamente, el conocimiento generacional se transmitía de forma oral mediante textos narrativos: historias que, apoyadas en lo concreto y lo particular, vinculaban los saberes con la preservación de la tribu. Con el paso del tiempo, los textos se han ido especializando y hoy día, anegados de información y conocimientos,  gestionamos, trasladamos y difundimos el saber sobre todo a través de la escritura expositiva;  la narración se ha especializado en el espectáculo y el entretenimiento.


Aunque exponer y explicar se utilizan como verbos sinónimos, la diferencia sustancial está en que quien expone trata de presentar y mostrar una información como ocurre en los textos académicos;  quien intenta  explicar fenómenos naturales, sociales y culturales pretende hacerse entender, hacer accesible y útil el conocimiento a quien lea o estudie. Estaríamos hablando entonces de textos divulgativos, didácticos, escolares, enciclopédicos,… Son, por tanto, textos utilitarios a los que cualquier estudiante tiene que enfrentarse tanto en la lectura (libros de texto) como en la escritura (exámenes, trabajos, monografías,…) Resulta curioso que el alumnado esté tan poco instruido en el tratamiento de este tipo de textos cuando es a los que más frecuentemente se enfrenta. Lo más habitual es que tenga que dar cuenta de los conceptos, los hechos, los fenómenos, las relaciones, las propiedades, las partes,… que forman la realidad de una determinada área o asignatura. Paradojas educativas.
Estructura

En primer lugar hay que organizar la información para que quien la lea no se pierda. En las secuencias expositivas suele haber un orden lógico y reflexivo que consigue aminorar la espontaneidad y el desorden. Para ello, la información se clasifica y secuencia mediante un orden que suele partir de lo general para llegar a lo particular; se inicia con lo asequible y conocido para llegar a lo complejo e ignoto; se comienza con el problema para llegar a la solución.

Podemos decir que hay unas formas básicas de organizar el discurso expositivo:

  •       Descripción de estructura, apariencia, funciones,… y definición de conceptos, principios,…
  •      Enumeración de aspectos, partes y propiedades.
  •      Comparación y contraste: se muestran las semejanzas y las diferencias.
  •      Problema-solución.
  •     Causa-consecuencia.
Estrategias y habilidades para hacer asequible el conocimiento

    * Los ejemplos y las enumeraciones son imprescindibles para que entendamos y nos apropiemos de un nuevo conocimiento.

    * Pareja función cumplen las ilustraciones mediante fotografías, gráficos, cuadros, esquemas.

    * Con frecuencia, necesitamos aclarar y reformular la información que vamos ofreciendo, bien mediante definiciones de palabras o conceptos, bien mediante repeticiones, amplificaciones o paráfrasis.
    * Las citas de autoridad y las referencias a estudios confirmados nos servirán para dar credibilidad a nuestra difusión. Por tanto, nos conviene un trabajo previo de documentación sobre el tema antes de abordar una exposición divulgativa o especializada.
    * La precisión terminológica (tecnicismos, cultismos), con las aclaraciones que hagan falta, ha de estar siempre presente. Acercar el conocimiento no es banalizarlo. A veces la realidad compleja requiere amplias y minuciosas explicaciones.
    * Conviene hacer uso equilibrado de descripciones técnicas (que den empaque y consistencia al texto) y de comparaciones (que lo acerquen a la realidad de quien lee). Siempre hay que conquistar la atención.
    * Para ofrecer un conocimiento objetivo y compartido se suele hacer uso gramatical de la 3ª persona, de oraciones enunciativas, del presente de indicativo con valor atemporal y de verbos existenciales como ser, estar, existir,….

    * En cuanto a los párrafos, importa que cada uno desarrolle una idea temática y que haya uno final que resuma o concluya.

    * Tanto mejor si  engarzamos y relacionamos los párrafos y las partes con abundancia de conectores lógicos, organizadores y marcas textuales para establecer orden y relaciones (guiones,  números, títulos, subtítulos,…). En esta misma línea, es bueno mantener el esquema lógico y fijo de sujeto, verbos y complementos.

    * La adjetivación conviene que sea específica y pospuesta.

    * Las nominalizaciones, es decir, la utilización de sustantivos abstractos en lugar de verbos (realización en lugar de realizar) contribuyen a la concisión y a la abstracción del discurso, a su generalización.

Textos descriptivos

Describir es presentar y esto se hace al principio para que quien lea se familiarice y entre en tratos con la realidad  del texto: personajes, lugares, ambientes, objetos, escenas,…  Pero, aunque la descripción nos remite casi a un ejercicio escolar, requiere un conocimiento tanto léxico como enciclopédico. Para describir con habilidad hay que saber de las palabras, del mundo y de su desorden.
Se suele utilizar la metáfora de la pintura: describir es pintar con palabras (el adjetivo sería el equivalente del color) para hacer visibles en nuestras mentes los matices de la existencia: una única lágrima que resbala y se quiebra en los pliegues de un rostro ajado; dos sonrisas feroces que acompañan a unos ojos sagaces; tres manos corteses que se aprestan para un feliz encuentro,... Los detalles concretos dan realismo al texto.

Para describir se requieren ojos atentos y un claro impulso de observación, casi de ensimismada proyección sobre lo observado. Es, por ello, una habilidad crucial para que nuestros escritos tengan el éxito que necesitamos. Nuestra capacidad de convicción lingüística está fundada, casi más que en nuestras razones, en nuestra pericia para sugerir, mediante detalles seleccionados, todo un estado de cosas. Pero sin confundir describir con explicar.
Como en tantos otros ámbitos de la realidad, el problema reside en dar con la dosis adecuada: el inestable equilibrio. Si por querer ser claros decimos lo evidente y pormenorizamos con afán de exhaustividad, salvo en las descripciones científicas, no estamos apelando a la inteligencia de quienes nos leen. Muy al contrario, hemos de seleccionar y sugerir mediante unos pocos detalles el carácter de un personaje o un lugar. La atención a unas manos nos puede dar una idea más certera de la psicología de un personaje que el propio rostro. Unos objetos deslucidos nos pueden causar una viva impresión sobre la desolación de un lugar. Unas pavesas en el aire pueden lograr mayor dramatismo que una lengua de fuego. No podemos hurtar la información necesaria para el entendimiento ni recrearnos en lo innecesario.

También hay que dosificar la extensión de nuestras descripciones. A veces, luce más dispersar una serie de pinceladas en nuestro escrito que, a la par que permiten visualizar lo dicho, mantienen el ritmo del texto. En general, no  conviene extenderse, salvo que la realidad descrita nos resulte muy ajena. 

El orden es otro factor determinante para el acierto de una descripción. Salvo que se quiera sugerir la sensación de caos, hay que pensar muy bien la orientación que le queremos dar: un orden descendente  en la prosopografía de un personaje; desde lo exterior hacia lo interior para mostrar como los demás nos afectan; desde el detalle a lo general para  revelar la fatalidad de unos acontecimientos.

Asimismo, la justeza y la posición del adjetivo animan e iluminan una representación. El exceso harta y la parquedad no nos engancha. Un buen epíteto (adjetivo explicativo), colocado normalmente delante del sustantivo al que se refiere, aumenta el interés por una expresión. Imaginemos una escena en la que una persona mayor, tras larga ausencia, vuelve a la plaza de los juegos de su infancia y en un momento determinado, el descriptor dice: “Al llegar a la esquina donde estaba la panadería, recordó el delicado sabor de aquellos dulces compartidos. El adjetivo delicado no sugiere igual antepuesto que pospuesto.

 Las secuencias descriptivas cumplen también una crucial misión en el aterrizaje de las ideas. Los discursos abstractos y especulativos, de índole expositiva o argumentativa, necesitan un anclaje en la realidad que nos permitan entender lo que dicen. La existencia concreta, oportunamente descrita, nos hace visibles las ideas. En el discurso educativo, tenemos que echar frecuente mano de narraciones y descripciones que acerquen el conocimiento a las mentes.

Los principales recursos que se suelen utilizar para describir son:
  •   Uso del presente y el pretérito imperfecto, tiempos durativos, en oposición al pretérito perfecto simple del relato.
  •   Yuxtaposición que da un cierto tono de listado a lo descrito.
  •   Enumeraciones ordenadas o caóticas de partes o propiedades. Fijémonos en la justeza con que las siguientes enumeraciones caóticas (pertenecen al texto “Nueve” del libro Veintiún bisontes de Elena Román) reflejan el ambiente mañanero de un bar, la mezcla de personajes e intereses: por un lado los lamentables trasnochadores que no quieren dar fin a su ocio y por otro, quienes madrugan para iniciar desde allí el itinerario de un negocio sin sentido:
El bar, los camareros, el loro que silba en gris, pertenecen a la mañana recién nacida, pero algunos sonámbulos traen los zapatos y la oratoria manchados con restos de la noche anterior. Por ejemplo los dos que discuten al final de la barra: uno con la camisa abierta mostrando una medalla peluda, y el otro con traje y sombrero; uno ultrajando pasos de tango y el otro juntando las manos para rezar, y ninguno de los dos es sincero. Se venden cupones, sueños, churros, parcelas en Marte, y una bayeta acicala ídolos de acero y cristal, y un periódico quiere compartir desde la verdad hasta la mentira aguardando a sus víctimas doblado y aparentemente distraído, expandiéndose cuando una anciana marrón y tachada lo coge para leer esquelas con las uñas. Dice la radio que un hombre ha matado a su mujer y después se ha ido a ver un partido de fútbol. Nada es fácil de entender si nada tiene que entenderse.
  • Comparaciones y metáforas  que, además de ser más expresivas y crear nuevas asociaciones, pueden suplir largas explicaciones. Observemos otro ejemplo de Elena Román; ahora “Seis”:
El carnicero (bata de color blanco sangre, pulso cierto, codos rayados) le pregunta a la señora que estaba primero (voz abuela, abanico contra el pecho, piernas de madera) si hoy prefiere pollo (saco de granos, cuello de flecha, cadáver al peso) o gallina (cadáver de flecha, saco  al peso, cuello de granos), mientras la segunda señora (vestido de flores, sonotone caducado, obeso temblor) huele el mostrador preguntándose qué se va a llevar, si no podrá ni masticarlo. Uno, dos, tres mosquitos (asteriscos con alas, punciones negras, íes tónicas) componen chasquidos difuntos en el halógeno, y una decapitación (zas, zas, zas) sobre la tabla bautiza con vísceras a un nuevo día.
  
  • Hipérboles que exageran y destacan determinados aspectos, frecuentemente con un efecto caricaturesco.
  •   Personificaciones que humanizan el paisaje. Notemos como una oportuna personificación puede darle la vuelta a la feroz y tópica imagen del lobo:
   Con suerte, si esta noche subimos a la Sierra Morena y nos sentamos sobre sus bolos de granito, si nos fundimos con las encinas que forman su tosca vestimenta, podremos ser testigos de uno de los recitales más maravillosos de la naturaleza. Es el lobo que le cuenta secretos a la luna.
            Ernesto es un lobo, el macho dominante de uno de los escasísimos clanes que aún andorrean por una Sierra hecha jirones que le perteneció antaño. Los fríos le dicen al oído que es hora de entregarse a los menesteres de la reproducción. Lola, su compañera, esa a la que llaman la hembra beta, también lo sabe, lo siente en el aire. Y así, Ernesto y Lola, lobo y loba, se alejan de la manada. Buscarán un retiro lejos de miradas indiscretas donde poder dar rienda suelta a su amor lobuno. Y aquí, ese lobo que ocupara páginas negras y malos sueños de pastores serranos, es el más amoroso de entre todos los seres vivientes. Frotarán sus hocicos, brincarán y retozarán como lobeznos, ajenos a casi todo. Y cuando viene el frío, por la mañana temprano, Ernesto y Lola se acurrucan muy juntos en busca de ese calor que, ahora más que nunca, significa la vida.
            En poco más de dos meses, cuando despunten los primeros calores de la primavera, una lobera guarecida bajo un manto de piedra, verá venir al mundo a cinco cachorros negros como el carbón. En el cubil, Lola, madre amantísima, los lame y empuja con ese hocico que fue para pastores y ganado la mismísima encarnación del mal. Desde la entrada, el orgulloso padre echa un último vistazo a sus retoños antes de partir en busca de comida.
                                                                                                        Carlos Castillo Gómez
 
  •   Sinestesias cuyas mezcladas sensaciones resaltan lo artístico.

Suelen caracterizarse distintos tipos de descripciones según la realidad, la finalidad y el punto de vista adoptado.
Según la realidad, se distinguen:
  •   Personas:
o   Prosopografía: descripción física. Veamos como don Quijote hace uso de la hipérbole para ponderar la belleza física de su imaginada Dulcinea:

“Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo;  sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son de oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas”. 

            Etopeya: rasgos morales o de carácter. 

Retrato: conjunción de prosopografía y etopeya.
 
Caricatura: descripción exagerada de los principales vicios o defectos con intención burlesca. Observemos en el siguiente ejemplo el contraste irónico entre la asturiana cabeza y el real cuerpo de  Maritornes:  

Servía en la venta, asimismo,  una moza asturiana ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera”.

  •   Lugares: 
o   Topografía: la realidad y las personas pueden estar inmóviles o en movimiento. Suele tener un aire paisajístico.
o   Cronografía: caracteriza una época determinada.
o   Parangón: conjunción de dos descripciones semejantes u opuestas de de personas u objetos.
o   Hipotiposis: descripción viva de acciones y emociones exteriores o interiores.

Según la finalidad:
  • Técnico-científica: lógica y objetiva
  • Literaria: subjetiva y expresiva
Según el punto de vista:
  • Cinematográfica: en movimiento
  • Expresionista: predominan las sensaciones y las intuiciones con un carácter esperpéntico.
  • Impresionista: se centra en las emociones que transmite la realidad.

Entre los principales problemas a la hora de describir, podemos encontrar:
  • Un desarrollo insuficiente o excesivo.
  • Ausencia de orden.
  • Lugares comunes y estereotipos.
  • Repeticiones de verbos como es, está, hay, tiene, …
  • Pobreza léxica, especialmente en el repertorio de sustantivos y adjetivos. No digamos ya de los que apelan a la emoción.
  • Escasa atención a los matices.

Textos narrativos



Narrar es contar una serie de hechos o acontecimientos sucedidos o inventados en un lugar y en un tiempo por una serie de personajes, desde una situación inicial a otra final. 

La narración es el prototexto por excelencia. Es el que más nos acompaña y necesitamos a lo largo de nuestra vida. Desde que nacemos nos vamos acostumbrando a que nos cuenten el mundo, desde las narraciones infantiles y maravillosas a los relatos familiares. Cuando somos adolescentes necesitamos narrar de forma creíble las excusas que nos aliviarán los castigos. Toda excusa tiene una estructura narrativa. Relacionarse y estrechar lazos requiere tener habilidades narrativas para interesar a nuestro entorno sobre lo que hacemos: las películas que vemos, los libros que leemos, los viajes que realizamos,… Durante el proceso de enamoramiento contamos y nos contamos (expectativas y hechos) lo que nos pasa. Necesitamos integrar narrativamente nuestras alegrías y nuestras penas para dar sentido a nuestra existencia. Fundar una familia es en gran medida un ejercicio narrativo en el que hay que recuperar o inventar la memoria de un clan. Cuando, ya mayores, llega el tiempo en el que vivir es recordar, desde que amanecemos nos narramos lo que hemos sido y lo que pudimos ser; los recuerdos, a veces trampas de la memoria que vuelven a pasar por nuestro corazón, se organizan con la estructura de planteamiento, nudo y desenlace. Incluso las religiones que inventamos para consolarnos son elocuentes narraciones, ficciones reales con protagonistas, antagonistas, fidelidades y traiciones.

Lo esencial en una narración no es tanto la historia que se nos cuente, las habilidades o atributos del personaje protagonista o el fantástico lugar en el que se desarrollen los hechos, como la voz y el punto de vista, el lugar desde el que parte el relato. Una historia interesante por su novedad, dinamismo y potencialidades de intriga, puede resultar claramente ineficaz si no hemos elegido la perspectiva narrativa adecuada. Incluso, a veces, convendrá echar mano de otras voces que hagan más verosímil el relato: omnisciencia, narrador protagonista, diálogo objetivo, monólogo interior.

Si en cualquier tipo de texto hay que tener en cuenta a “quien nos vaya a leer”, en una narración es imprescindible atraer su atención desde el principio. Hay que buscar una lógica en el orden de los hechos que se relatan. La sucesión de acontecimientos tiene que ocurrir de tal modo, ni banal ni rutinario, que satisfaga la exigencia racional y la curiosidad humana. Ni hay que aburrir con lo que se podría sobreentender ni abrumar con omisiones que impiden seguir el hilo de la historia. Hay que decir lo justo para mantener el interés. Las descripciones, necesarias para presentar a los personajes y montar el decorado narrativo, no convienen largas ni complicadas. No deben dar ganas de saltárselas.



Elementos narrativos:
  • Instancia narradora y punto de vista
Quien narra relata la historia, presenta a los personajes y los sitúa en un lugar concreto y en un tiempo determinado. El tipo de narrador tiene que ver con la persona gramatical desde la que se cuenta la historia (el/ella, yo, tú) y el conocimiento que tiene de los hechos.:
    • 3ª persona:
      • Omnisciente: lo sabe todo, incluso los pensamientos, angustias y anhelos de los personajes. Quien narra juzga, aprueba, cuestiona a sus personajes. Es más distante y racional.
      • Objetivo: narra lo que se puede ver y oír.
      • Testimonial: es una voz anónima pero adopta el punto de vista de un personaje.
    • 1ª persona:
      • Protagonista: esta perspectiva es más próxima, emotiva y convincente, pero también puede resultar sesgada y sensiblera.
      • Testigo: suele tratar admiración y deferencia al personaje protagonista.
    • 2ª persona:
      • Es un procedimiento raramente empleado. Suele ser una voz reflexiva en la que quien narra habla del personaje como si se dirigiera a él. Acostumbra a mostrar un tono de confesión, acusación, reproche,… como si la conciencia estuviera juzgando los hechos.
  • Estilo o discurso
    • Directo: reproduce textualmente el habla de los personajes.
    • Indirecto: quien narra informa de lo que hacen o dicen los personajes.
    • Monólogo interior: técnica para representar los pensamientos más cercanos al inconsciente, tal como dichos o pensamientos que brotan a la conciencia. También se incluye aquí el denominado fluir de conciencia, cercano a la escritura automática de los surrealistas.
  • Personajes
Fundamentales en todas las narraciones, pues son quienes realizan las acciones. A veces, el propio ambiente (como sucede en la novela realista) será  el principal elemento o el personaje más destacado, pero siempre se necesitarán personajes que impliquen modos humanos de actuación.
Podemos distinguir tipos según criterios distintos:
    • Si tomamos en cuenta la importancia para el desarrollo de la acción podremos diferenciar:
      • Protagonista: lleva el peso de la historia.
      • Antagonista: se opone en intereses al primero.
      • Secundario: auxilia al protagonista.
    • Si tomamos en cuenta su entidad o caracterización:
      • Planos: poseen una propiedad o cualidad básica, general e inmutable que los define a lo largo de la historia, es decir, no se transforman. Es el caso de los héroes clásicos de las epopeyas o cantares de gesta.
      • Redondos: son problemáticos, contradictorios, modifican su actuación según los avatares en los que se ven involucrados. Muchos de los personajes de las narraciones contemporáneas pertenecerían a este tipo.
La caracterización de los personajes se realiza de diversos modos:
    • Mediante el nombre que puede ser convencional (Pepe el Romano), identificador(Doña Perfecta) o simbólico (El Buscador)
    • Según lo que el personaje dice o hace.
    • Mediante las relaciones que establece en la narración.
    • Mediante lo que un personaje narra o describe de sí mismo o de otro.

  • Desarrollo de la acción
    • El esquema mínimo de una secuencia textual narrativa consiste en una acción desarrollada por un personaje en un tiempo y un lugar, que se complica y se resuelve. Normalmente, con una situación inicial y  otra final. No obstante, hay micronarraciones como el archifamoso El Dinosaurio de Augusto Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.) que, precisamente por su brevedad, juegan con la indefinición y la búsqueda de sentido cuando leemos (¿Quién despertó?, ¿Dónde? ¿Es literal el dinosaurio o metafórico?). Siempre estamos realizando inferencias para rellenar los huecos de sentido con los que nos encontramos. Somos animales simbólicos que necesitamos vivir en la ficción de creer que ordenamos el caos.
    • Las narraciones avanzan mediante el desarrollo estructurado de una serie de acciones. Las principales, en las que se sustenta la trama, se denominan cardinales; las secundarias, que suelen incluir descripciones, valoraciones del narrador, diálogos,…, se designan catálisis, según la narratología francesa. En la narración, importan más los hechos fundamentales que los detalles. Las acciones dotan de dinamismo al texto; los detalles descriptivos y valorativos remansan y lentifican.
    • La estructura básica narrativa se organiza en:
      • Planteamiento:
        • Introducción en que se plantean y sitúan los elementos relevantes de la historia: espacio, tiempo, personajes, acciones,…
      • Nudo:
        • Es el nudo climático en el que la historia sufre su mayor grado de complicación. Sin problemas, la historia pierde interés.
      • Desenlace:
        • La historia se orienta y resuelve de manera conclusiva y cerrada o abierta y prospectiva.
      • Evaluación final:
        • Toda narración incluye una orientación evaluativa, pero en algunas, se produce también una explícita valoración final del sentido de la historia como sucede, por ejemplo, en los apólogos medievales y las fábulas con las moralejas.
  • Tiempo
    • En una narración, los hechos se suelen expresar en pasado, aunque también se utiliza la narración simultánea en presente para acercar al tiempo de la lectura los hechos. Incluso se da la narración predictiva en futuro cuando se quieren anticipar los acontecimientos en el caso de las premoniciones y predicciones.
    • El tiempo narrativo por excelencia es el pretérito indefinido o pretérito perfecto simple (anduvo, consiguió, llegó,…). El pretérito imperfecto, que expresa acción inacabada en el pasado, es caracterizado como un tiempo relativo que toma su valor del contraste con el perfecto simple. Es propio de las situaciones iniciales (Érase una vez…) y adecuado también para la descripción de acciones (Todos los días, laborables o festivos, se levantaba a las ocho.) En ocasiones, por ejemplo en los Cantares de Gesta, tiene el valor del pretérito perfecto simple (El héroe vencía a los enemigos aquel aciago día.)
    • El pretérito pluscuamperfecto expresa una acción pasada anterior a otra también pasada. Por eso, se considera un tiempo retrospectivo.
    • El presente, gnómico o histórico, actualiza acciones pasadas para darles una mayor fuerza y viveza, ya que ralentiza y acerca emocionalmente lo narrado. Sus efectos narrativos se puede apreciar en el poema  Un terrorista: él observa de la premio Nobel polaca Wislawa Szymborska.
    • El futuro (La bomba explotará en el bar a las trece veinte) tiene un carácter predictivo y augurador que desasosiega. Deseamos conocer el futuro, pero nos aterran las certezas.
    • El tiempo de la historia se transforma en el tiempo del discurso. Hay que tener en cuenta las alteraciones que afectan al orden y la duración de los hechos.
    • Orden:
      • Lineal o cronológico: se cuenta la historia en el mismo orden en el que sucedió
      • In media res: el relato comienza hacia la mitad de la historia para luego retraerse hacia el origen.
      • In extrema res: el relato de la historia se comienza desde el final de la misma.
Las alteraciones principales del tiempo de la historia tienen que ver fundamentalmente con:
      • Prolepsis o anticipaciones
      • Analepsis o retrocesos
      • Contrapunto: los hechos se distribuyen en secuencias que discurren paralelamente y al mismo tiempo aunque el discurso verbal es sucesivo.
    • Duración:
Tiene que ver con el ritmo del relato. Este puede ser rápido o lento, dependiendo de si la duración del discurso es mayor o menor que la de los hechos.
      • Escenas: conjugan la duración de la historia con la duración del discurso puesto que en ella asistimos al diálogo de los personajes.
      • Episodios: articulan la trama y presentan la intriga hasta llegar al desenlace.
    • Frecuencia: se refiere al número de veces que un acontecimiento es mencionado. Caben tres posibilidades básicas con sus distintos efectos narrativos:
      • Se cuentan los hechos tantas veces como hayan sucedido, una o varias. Esta es la fórmula más básica de la narración que Genette denomina relato singulativo.
      • En el relato iterativo se mencionan una vez acontecimientos que se han producido varias veces en la historia (Durante el verano, se levantaba temprano para recibir la mañana con los pies en la orilla.).Tiene una clara función sintética y caracterizadora.
      • El relato repetitivo narra muchas veces un hecho sucedido una sola vez en la historia. Este tipo de relato muestra la obsesión por un tema que ha sido o es determinante en el devenir de un personaje.
  • Espacio
    • Se refiere a los lugares en los que se desarrolla la acción, tal como son percibidos por el narrador o los personajes. El espacio en muchas ocasiones determina el tipo de acción. Una acción realista se situaría preferentemente en ambientes domésticos; una ficción fantástica preferiría vastos paisajes. Podemos distinguir, emparejados la mayoría, los siguientes tipos:
      • Exterior(plaza, calle)/interior(casa, dormitorio)
      • Público(teatro, parque)/privado(finca, terraza)
      • Rural(pueblo, aldea)/urbano(metrópoli, hipermercado)
      • Diurno(hospital, comercio)/nocturno(desfiladero, cementerio)
      • Histórico(castillo, convento, hotel)/contemporáneo(estadio, estudio, local comercial)
      • Realista(escalera, pueblo, aeropuerto)/fantástico(valle idílico, bosque encantado)
      • Simbólico: todo espacio tiene, en mayor o menor medida, un carácter connotativo y simbólico, marcado por los usos social y culturalmente establecidos. Así, un faro o una isla simbolizan soledad; un sotano o un acantaliado, abismo interior; una cúspide o una azotea, poder; los espacios circulares como un circuito de carreras o unas ruinas borgianas, obsesión.
  • Tema
    • Aunque la diversidad de temas que se pueden abordar en textos narrativos (breves o extensos, en prosa o en verso) es amplísima, la tradición, la costumbre humana de narrar, ha privilegiado y tipificado una serie de ellos, lo que muestra cuáles son nuestras principales obsesiones:
      • El viaje que supone una partida del lugar de origen, un alejamiento, una búsqueda más o menos consciente, una transformación del personaje principal, un hallazgo y un regreso victorioso o desalentado. En la mayoría de las ocasiones, todo viaje físico es el trasunto de un viaje interior (el camino vital) hacia las profundidades personales en busca de la propia identidad (Quijote). Uno de los principales motivos para partir y buscar es, inevitablemente, el amor (El amor en los tiempos del cólera); otro fundamental, el poder(Los pilares de la tierra); y cómo no, la humana aspiración de ampliar las posibilidades y conocer otras realidades (la novela de aventuras). También cabe el viaje como huida del hambre (El Lazarillo de Tormes), de una culpa (El extranjero), de un pasado (El nombre de la rosa).
Nuestra condición contemporánea de turistas (abundan menos los viajeros y las viajeras), responde a esta necesidad humana de viajar exterior e interiormente. Deseamos huir para conocer y conocernos. La sucesión de fotografías y fragmentos de vídeo que acumulamos al final de cada viaje formará la narración de nuestra singladura. Sólo que, como nuestros viajes son cada vez menos transformadores, los regresos no forman casi parte de la narración.
      • El descenso, la caída que puebla nuestros sueños, más si cabe en tiempos de crisis. Tema ancestral de carácter mítico, religioso y asociado también a lo misterioso. A veces, tras la caída vendrá el ascenso y quizá un descenso mayor. La caída del héroe (o del superhéroe que puebla el cine actual) mostrará su humanidad y su fortaleza para recuperarse.
      • La lucha por sobrevivir (La busca, Tiempo de silencio), propia de tiempos y latitudes desgraciados; también por superar(se), como sucede en las crónicas deportivas con quienes destacan en una competición : olimpiadas, mundial,…
      • Los orígenes de los que necesitamos alejarnos para posteriormente asumir la pertenencia. Como cuando hemos vivido lejos de donde crecimos y al cabo del tiempo volvemos con nuestros recuerdos que ya no coinciden con el paisaje y el paisanaje actual. No están los árboles que nos dieron sombra y los cuerpos son mucho más altos que los que recordamos. Por eso, como dice Amin Malouf, mejor hablar de orígenes que de raíces.
      • La pérdida que desencadena acciones tormentosas o indolentes. Parafraseando a Rosa Montero, nuestra vida es un proceso de pérdidas: perdemos los dientes, el pelo, las llaves, las ganas, los amores, los amigos, los seres queridos, la ilusión,…
      • El hastío, ya desde el siglo pasado, es un mal de nuestra civilización. Ha sido denominado de muy diversas formas: spleen, tedio, aburrimiento,…Todas ellas muestran el envés de la opulencia. Nada nos satisface; ansiamos un después que nos eleve.

Más sobre textos argumentativos

No paramos de inmiscuirnos en la realidad. En nuestra  cabeza bullen opiniones sobre lo que oímos, vemos, sentimos. Esto nos entusiasma, aquello nos indigna. Nuestros mundos interiores (el “aquí dentro”) están llenos de apreciaciones sobre lo que acontece pero sólo a unos pocos concedemos la habilidad pública (el “ahí fuera”) de enjuiciar la marcha del mundo. Políticos, periodistas, publicistas, tertulianos  y algunos sabios ocasionales se arrogan, con nuestro consentimiento, la capacidad profesional de opinar en nombre de los demás.



Y es que, claro, opinar públicamente y con juicio no es cosa sencilla. Es posiblemente la habilidad más compleja que tenemos como ciudadanos y ciudadanas a la hora de expresarnos. No se trata sólo de mostrar el agrado o el desagrado respecto de una cuestión de actualidad, sino de sostener y defender  ante los demás nuestras ocurrencias. Y aquí nos solemos achicar ante la complejidad de la tarea. Como sucedáneo, nos acostumbramos a utilizar el volumen para imponernos o el silencio para consentir.
Si queremos ejercer nuestros derechos y participar socialmente tenemos que adquirir desenvoltura en el arte de convencer. Y esa competencia habrá que aderezarla con mañas persuasivas y seductoras que, lejos de la manipulación, nos sirvan para tomar decisiones colectivas de manera asertiva. Vamos, lo que en el mundo de las relaciones humanas y el liderazgo se llama el apoderamiento o empoderamiento (traducción del inglés empowerment), es decir, la capacidad de ganar poder, autoridad e influencia.

Así pues, necesitamos saber cómo se organizan los textos argumentativos. En primer lugar, hemos de tener en cuenta que alguien se dirige a un auditorio con la intención de conseguir una aprobación, un consentimiento ante lo que expresa. Por tanto, su éxito reside en el efecto que causa tanto como en la lógica de sus razones; no necesariamente en la verdad que incorpora. Como dicen quienes de esto saben, no se argumenta con la lengua sino en la lengua, es decir, el camino y la buena marcha de la argumentación no dependen tanto de los hechos como de las estrategias lingüísticas que se empleen.

Por ello, el juego entre lo explícito y lo implícito, lo dicho y lo supuesto, es fundamental. Todo texto argumentativo funda su sentido y se construye desde una base inferencial; comunica mucho más de lo que expresa. Si yo pregunto a mis niños cómo prefieren dormir, estoy partiendo de la base de que desean dormir (cuando en realidad soy yo quien ansía que se acuesten temprano tras un largo día). Está claro que para influir en los demás o para que no me hagan comprar lo que no necesito, me vienen muy bien tanto las habilidades lingüísticas como un conocimiento contextual. Y acostumbrarse a los contextos y a todo lo que se sobreentiende requiere experiencia.

Toda argumentación se expone a una confrontación o controversia en la que hay que navegar mediante el arte de la refutación y la concesión. Rebatir sirve para mostrar nuestros reflejos y asentar nuestra postura; conceder cierta parte de razón proclama nuestra voluntad de acercamiento. Por eso, hemos de tender hacia un estilo asertivo, que no es otra cosa que la capacidad de exponer la propia postura sin agredir ni someter la voluntad de otras personas.

En la retórica clásica, se hablaba de cuatro partes en el discurso argumentativo:

·         Exordium o introducción donde se presenta el tema y se impresiona favorablemente al auditorio para que acepte nuestra postura o tesis. En este momento, se acude tanto a los principios universales (amor, bondad, justicia, compasión,…) como a la expresión de la modestia y la búsqueda de la simpatía (captatio benevolentiae).
·         Narratio o exposición de hechos, datos, ejemplos… Es el desarrollo de la argumentación y donde se encuentra el meollo de nuestras razones: anécdotas, historias, estadísticas, esquemas,…)
·         Argumentatio: argumentos que favorecen nuestro discurso y argumentos que refutan la posición contraria.
·         Peroratio o conclusión en la que se recapitula y se refuerza lo expuesto.
Estas partes clásicas orientan las estructuras fundamentales que hoy en día se utilizan para argumentar. Por un lado, la organización inductiva de la información en la que a partir de casos concretos, se extraen conclusiones generalizadoras. En este tipo de textos, la tesis se encuentra al final. Esto se da mucho en  las columnas de opinión del periodismo actual como nos demuestra este texto de Rosa Montero; a propósito de una noticia o un dato de actualidad, se reflexiona sobre nuestras formas de vida. Por otro, está la organización deductiva en la que, desde el comienzo, queda fijada la tesis que poco a poco se irá justificando mediante el aporte de argumentos, ejemplos y datos. En este caso, la réplica nos la da Elvira Lindo.
Con frecuencia, en las argumentaciones se utilizan secuencias expositivas y narrativas para informar sobre los hechos. Es ahí donde está la densidad informativa y la apariencia general de lo dicho. Pero eso ha de conjugarse con el carácter subjetivo de la postura que se defiende. Son muchas las marcas de subjetividad que podemos encontrar en los textos argumentativos:
  • Adjetivos valorativos (bueno, oportuno, interesante,…)
  •  Modalizadores: términos que introducen el punto de vista de quien se expresa. Sirven para mostrar duda, adhesión, rechazo, reparo,… (acaso, confiamos, sin duda,…)

Tipos de argumentos

Es bueno conocer el repertorio de argumentos que podemos utilizar para hacer más creíble nuestra postura. Y también para saber de cuáles no podemos abusar ya que marcan nuestra imagen social: la grandilocuencia, el victimismo, el dogmatismo, lo lacrimógeno, la rotundidad,…
  • Argumentos sustentados en la causa (relaciona un hecho con su efecto)
  • Argumentos sustentados en la cantidad (el sentir común, lo que la mayoría hace)
  • Argumentos sustentados en la calidad (el valor, lo distintivo, lo excepcional)
  • Argumentos sustentados en la inercia ( mejor no meneallo. Ejemplo: El actual estado autonómico es insatisfactorio y costoso pero cualquier cambio traería consecuencias imprevisibles.)
  • Argumentos basados en la definición (la propia definición es ya un argumento)
  • Argumentos basados en la analogía (aquí hay que tener cuidado con las metáforas pues si las alargamos, nos podemos encontrar con que las realidades no siempre son equivalentes.
  • Argumentos basados en la autoridad (científica, histórica,…)
  • La contraargumentación cuyo fin primordial no es defender la propia opinión sino desacreditar la contraria, presentarla como la menos oportuna o la más descabellada.
  • Falacias: son aquellos falsos argumentos, a veces de mucho efecto, que nos introducen en un discurso tramposo que conviene siempre desvelar:
·         Descalificación personal (Ad hominem)
·         Uso del poder y la fuerza (Ad baculum)
·         El sentir de la gente, de la masa, de la opinión pública (Ad populum)
·         Autoridad ficticia (Ad verecundiam)
·         No se tiene conocimiento sobre eso (Ad ignorantiam)
·         Anda que tú (To quoque)
·         Reducción al absurdo y ridiculización.

Recursos argumentativos

Entre los principales recursos argumentativos, además de los tipos de argumentos, se encuentra un amplio repertorio de procedimientos retóricos entre los que destacamos metáforas, amplificaciones, paralelismos, antítesis, interrogaciones retóricas, ironía…
Las máximas y los proverbios aportan el saber común destilado por la experiencia.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Solicitudes y peticiones

Imaginemos por un momento que hay una frutería al lado de mi casa. El frutero es atento, cordial (me llama vecino desde la primera vez que fui), tiene buena fruta, me la da a probar antes de comprarla, no me ofrece la verdura cuando no la estima buena aunque yo la necesite. Eso sí, la que no me recomienda sigue en las estanterías, ¿a quién se la venderá?… Pero hay un inconveniente: en mi barrio hay serios problemas de aparcamiento. Desde las ocho de la mañana no queda un hueco por cubrir y mi frutero, que lo sabe, siempre deja su camión, casi como almacén, justo al lado de la cochera de mi residencial, con lo cual dificulta la visibilidad para salir hacia la izquierda y, más de una vez, hemos tenido un susto.

Lo hemos animado verbalmente para que traslade su camión de sitio y lo ponga allí donde no limite la vista cuando salimos de nuestra cochera, pero él dice, con razón, que no está cometiendo ninguna ilegalidad y si lo traslada de sitio, o bien tapa la vista de su negocio o bien se aleja del mismo con el consiguiente engorro que ello le supone. Ante esta tesitura, quienes sufrimos su camión, hemos decidido realizar un escrito conjunto, firmarlo y hacérselo llegar por ver si la unión hace la fuerza.
¿Cómo  haríamos el escrito teniendo en cuenta que algunas personas casi se encuentran en proceso de abierta enemistad con el frutero? ¿Qué información debería incluir el documento? ¿Qué tono convendría darle: severo, conciliador, exigente, implorante, irónico?

A mi frutero le gusta acariciar las palabras (con frecuencia llega al manoseo) casi más que las frutas y las verduras. E incluso más que el peculio. Lo suyo es vocación palabrera. En unos largos, densos y a veces errados escritos que distribuye por las paredes de su local, se enorgullece de la calidad de sus productos y de su dedicación sin límite al servicio del vecindario. Por tanto, tenemos que cuidar la expresión si queremos torcer su voluntad.

Así pues, un grupo de damnificados nos reunimos en comisión con el fin de preparar la estrategia textual más oportuna. ¿Qué tal si empezamos con un Amigo frutero que muestre afecto y cercanía? Habrá, seguro, a quien le parezca excesivo, pero lo que queremos es no llevarnos sustos cuando salgamos de la cochera. Algún vecino rumboso, a quien el cuerpo le pide mucha ironía, comenta: “Por qué no empezamos: “Frutero de nuestras entrañas, cuando le vemos trajinar con el género, no podemos menos que pensar: qué blando con las lechugas, qué duro con las berenjenas…”

Está claro que no podemos utilizar un tono irónico, por más desahogo que nos produjera, pues así sólo  conseguiríamos alejarnos de nuestro propósito. Tampoco podemos excedernos en el halago ni en el afecto ya que no queremos ser malentendidos. Es precisamente esa inmoderada cercanía la que nos empacha cuando vamos a comprarle.

Una vez resuelto que el tono ha de ser cortés pero formal, hemos de empezar el escrito con una exposición de hechos. Aquí la discusión se centra en los detalles. Establecemos una relación de los perjuicios que nos ocasiona el aparcamiento del camión y una amplia retahíla de los casos en que hemos estado a punto de tener un disgusto. Lo primero para que se note que la solicitud no es producto de un capricho y lo segundo para dar más dramatismo y remover el corazón frutero. Aquí coincidimos en que hay que mencionar que la salida se produce en cuesta, con lo cual es más difícil prever una contingencia. Como elemento de fuerza hay que añadir que, con frecuencia, hay coches aparcados en doble fila frente a su frutería que aún dificultan más la visibilidad, en este caso hacia la derecha. Ya en faena, alguien se anima y propone recordarle al frutero que él mismo alienta para que se aparque en doble fila pues “es un momentito y no molesta”. Como no puede ser de otro modo, observamos que, con reproches, no vamos a llegar muy lejos.

Tras los hechos, tenemos que solicitar al frutero lo que tanto ansiamos. Pero no podemos decirle simplemente “cambie usted el camión de sitio”. Tenemos que adelantarnos y proponerle alternativas, cuál es el lugar que a todos conviene y a nadie estorba: en la misma acera junto a local que se alquila; justo frente a la frutería; a la vuelta de la esquina. Hay que sopesar los beneficios para él y para el vecindario. Siete metros de distancia con respecto a la ubicación actual no sobrecargarían el acarreo del género y, en cambio, las personas enconadas notarían otro brillo en sus peras.

Finalmente, nos queda agradecer su atención de manera afectuosa y empática, de tal manera que se note nuestra deseo de acuerdo (no olvidemos que estamos intentando que alguien cambie su voluntad y se ponga en nuestro lugar). Tiempo habrá para otras misivas más exigentes y conminatorias si no se aviene con nuestras necesidades.

Ahora toca ponerse a escribir negro sobre blanco todo lo acordado. ¿Quién se hará cargo? Las miradas al reloj y los soplos sorpresivos anticipan las huidas. Se acaba la reunión y me toca a mí intimar con mi imaginario frutero. ¿Quién me puede ayudar?

Según la primera acepción del diccionario de la R.A.E. solicitar es “pretender, pedir o buscar algo con diligencia y cuidado”. Aunque, si hoy en día nos referimos a una solicitud, parece que sólo nos estemos refiriendo al impreso llamado instancia que tiene formalizado cada organismo público. Este es un ejemplo, como señala Francisco Rico en un reciente artículo, de “cómo los lenguajes sectoriales colonizan la realidad” y nos dejan “a las buenas gentes de a pie (…) sin opinión y sin lengua”.
En nuestra vida diaria, también necesitamos, llegado el caso, realizar solicitudes, súplicas, demandas, reclamaciones,… a personas, empresas u organismos privados. Y tenemos que hacerlas como se dice del verbo “con diligencia y cuidado”. Pedir y que nos den es todo un arte discursivo que exige equilibrio para no pasarse ni quedarse corto. No hablamos ya sólo de reclamar, porque entonces los derechos priman y podemos permitirnos el lujo de tener menos tiento. Pensamos en casos como el del frutero o en otros como que el catalizador de nuestro coche o aún más grave, el árbol de levas, se haya roto justo un mes después de que se agotara el plazo de la garantía. ¿Qué podemos hacer? ¿Nos conformamos resignadamente con nuestra suerte o mejor nos ponemos en contacto con nuestro taller oficial para informar de lo sucedido con la intención de que nos puedan plantear alguna solución que al menos aminore el coste de la reparación? Con diligencia y cuidado quizá podamos conseguir que no nos cobren la mano de obra o nos reduzcan en un porcentaje el coste de las piezas. Incluso que nos traten como en periodo de garantía. Y eso, aunque pensemos que quién nos mandaría comprar semejante coche.