miércoles, 10 de abril de 2013

El poder de la regla

43 años, 10 meses, 7 días                                             Jueves, 17 de agosto de 1967

Insulto de Bruno tras un acceso de mal humor de Lison: "¿Te sangra el conejo o qué?" Lison, que tal vez tenía la regla- a veces le resulta dolorosa-, enmudece sobrecogida. Y Bruno se ruboriza. Esas bromas gamberras sobre la regla de las jóvenes son una invariable histórica. Se huelen ahí un misterio femenino del que están excluidos, la intrusión de una complejidad que fundamenta a la mujer como misterio... El insulto a la muchacha convertida en mujer, cuando uno mismo se siente aún lejos de ser un hombre, es la venganza corriente de los jovencitos. Pero la potencia normativa producida por la doble homonimia de la palabra "regla" les intimida. Esta hermana a la que finjo despreciar es la detentadora de la regla. Posee el instrumento de medida. Dicta las reglas. Regula el curso de los astros. Esos gamberros querrían que la palabra "regla" asqueara, pero su homonimia impone.
Daniel Pennac, Diario de un cuerpo

martes, 9 de abril de 2013

Acceso de infancia

61 años, 7 meses, 22 días                                                     Sábado, 1 de junio de 1985

Al final de "Greystoke", el viejo lord, durante una fiesta de Navidad, se mata resbalando por la escalera del castillo, sentado en una gran bandeja de plata que le sirve de trineo. De niño, bajaba con esa misma bandeja los peldaños desde la nursery, pero ya no tiene edad para eso, ya no controla la trayectoria y se mata en una curva. Su cabeza choca con un pesado pilar de madera. Gran pesadumbre de Tarzán. (Y de Grégoire.) El viejo lord ha sido víctima de un ataque de infancia. Eso debió de sucederme ayer cuando, de pronto, he jugado a asustar al perro. El niño brinca en mí muy a menudo. Presume de mis fuerzas. Todos estamos sujetos a esos accesos de infancia. Incluso los de más edad. Hasta el fin, el niño reivindica su cuerpo. no cede. Intentos de reapropiación tan imprevisibles como incursiones. La energía que despliego en esos momentos es de otra época. Mona se asusta viéndome correr tras un autobús o trepar a los árboles para coger una pieza de fruta fuera de alcance. No me da miedo que lo hagas, sino que unos segundos antes no pensabas en hacerlo.

Diario de  un cuerpo, Daniel Pennac.

El, en esta ocasión, sexagenario protagonista de Diario de un cuerpo, a partir de la muerte del viejo lord en la película Greystoke, desentraña sus propios accesos de infancia, algo así como la preeminencia de la energía infantil  sobre el carácter adulto. Y yo, a partir de sus ejemplos, caigo en la cuenta de mis propios accesos. Mis fingidos refriegas con mis niños. Esas que empezamos y, ya sanguíneos y agotados, no sabemos terminar, hasta que llega mamá y nos saca aún más los colores, especialmente a mí ( "...y el padre, el más niño").

O ese otro acceso (un mero hápax corporal) en que, cercano a la meta, me adelanta una joven corredora y, sin pensar hacerlo, emerge el niño que la alcanza, la sobrepasa y reivindica su cuerpo. Energía herida.

martes, 2 de abril de 2013

Fondo de "almario" a diario

Conforme el tiempo y mis dudas avanzan, más lector me siento. Profeso la lectoría. Y en tanto que leo, menos hesito sobre la primacía de la femínea alma. Por azar, armonizo estos días la lectura de dos obras sobre o con forma de diario: La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero y Diario de un cuerpo de Daniel Pennac. Ambas notables por nutricias. Rosa Montero hila logradamente las reflexiones que Marie Curie escribió en su diario tras la traumática muerte de su marido con su propia vida y sus propias muertes. ¡Qué capacidad la de estas mujeres para tentarse el alma! El libro de Pennac, un prodigio y un hallazgo. Un adolescente, a partir de sus miedos, decide escribir un diario  de los placeres y dolores de su cuerpo. Este culminará prácticamente con la muerte anciana del protagonista. Es tan físico este diario que no ahorra escatologías, ya excrementicias ya doctrinales. Pero cuando alguna anotación tiende a traspasar la epidermis y rozar lo sentimental, el protagonista se detiene para no torcer su físico propósito.

El otro día, a propósito del cuento de Borges Historia de los dos que soñaron, pedí a mis alumnos y alumnas que transformaran el final de este relato de tal modo que lo contara un narrador protagonista en forma de diario, especialmente una vez que el capitán de Isfaján cuenta su sueño al hombre de El Cairo. Pues bien, yo quisiera saber quién nos  adieta a los hombres el autoconocimiento. ¿Lo nuestro es lenta maduración o desatino programado ? Abrumado pude comprobar que a los adolescentes, chicos o grandes, nos falta  fondo de "almario". Me explico: nos falta tentarnos el alma, meter las manos dentro y manosearnos y ensancharnos para comprender nuestras angustias, nuestros miedos y nuestras ilusiones. No todas pero bastantes de mis alumnas hicieron oportunamente la actividad: encabezamiento con fecha, tono reflexivo más que narrativo en el que valoraban cómo el hombre de Isfaján había desperdiciado su sueño. En cambio, ningún chico  rozó un final en forma de diario. A lo más que llegaron  fue a contarlo en primera persona. Pero ni tono reflexivo ni fecha que lo enmarque. Todo un síntoma de almas solares, diáfanas... sin espesura, sin fondo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Lo común

 Las palabras interinan significativamente nuestra existencia: van y vienen; ahora son unas y antes fueron otras. A veces cambian sus adentros, a veces sus afueras. El uso, como a la falsa monea, las desgasta y transforma. No obstante, podemos hilar el rastro de su venero. Y no viene mal, de vez en cuando, airear los orígenes etimológicos, apartar la mugre semántica y que el primer primor asome.
Lo común es que el adjetivo común se entienda más en segunda, tercera o cuarta acepción que en primera que es la que da cauce y sentido al resto; más como "corriente, ordinario, vulgar, bajo, inferior, despreciable" que como aquello que "no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios". Es curioso que, en este caso, los brillos de lo colectivo se los haya apropiado totalitariamente la doctrina: religiosa y política.
"Comunicar" del latín communicare y este de communis (común, mutuo, participado). No viene mal recordar que comunicar no es solo informar en ruedas de prensa sin preguntas; ni que la comunicación existe más allá de los medios (o correas de transmisión). Que comunicar, para la inmensa mayoría, es  sobre todo hacer a otro partícipe de lo que uno tiene.
"Comunidad" que es  tanto cualidad de común como conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes. Y resulta que despotricamos de las comunidades de vecinos y de la propiedad horizontal y perdemos el culo por las banderas que blasonan las comunidades históricas y la propiedad vertical.
"Comunión" que es participación en lo común. Pero hete que la primera y eucarística, se tragó al resto. Para colmo de males, incluso significa partido político en sexta acepción.
"Comulgar", que es coincidir en ideas o sentimientos con otra persona, casi queda en exclusiva para dar o recibir la sagrada comunión o a lo más, ruedas de molino.
"Comuna" que no solo es un rejunte de bienes hortelanos y males sexuales sino también acequia principal de donde se sacan los brazales.
"Comunismo" que es movimiento que propugna una organización social en que los bienes son propiead común. Pero también, doctrina que agrisó larga y anchamente muchas vidas.
Quizá aquí esté el origen de este sesgo, en la deletérea costumbre de adoctrinar que no es otra cosa que instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias. Y hasta aquí llegamos, hasta inculcar que es, ni más ni menos, que apretar con fuerza algo contra otra cosa. La fuerza (vigor, robustez) que los doctrinarios hacen por quitarnos lo común (sanidad, educación, servicios sociales) y la que nosotros no hacemos para conservarlo.
 

martes, 5 de febrero de 2013

Dominios de almohada

Él hunde la cabeza en la almohada pero el escrúpulo sigue allí, rondando su conciencia.
Ella mira el rayo de luna que se cuela por la persiana hasta el remate de la funda, al borde de sus ojos.
Él alisa con sus mejillas, uno a uno, los pliegues de la cobija, con el deseo de que a la par se aseden los dobleces que lo angustian.
Ella hiende la noche como la proa raja el mar.
Él adhiere  los extremos de la almohada, en denodado esfuerzo de brazos y nuca, como si fueran haz y envés de un mismo lado.
Ella prolonga el cuello más allá del cabecero y aún de la propia habitación...pero el alma no se estira.
Él encorva el cuerpo cual si rabiara precipicios.
Élla se atraviesa en diagonal como si buscara nortear por el mar de sábanas inclementes.
Él quisiera infamar la noche que le oscurece el deseo...pero teme el hierro.
Ella sueña con otro hombre...
...Y él también con otro tú.

Afortunadamente, no hay noche que resista un buen día de sol.

martes, 29 de enero de 2013

Canas al aire

No es precisamente de sexo de lo que voy a hablar en esta entrada; o quizá sí, todo de una un otra manera tiene que ver con el vaiven; de ahí partimos y hacia ahí vamos. Parece que en toda forma de esparcimiento y diversión hay que columpiarse. Más si pintan canas.

 Pero, bueno, básicamente quiero tratar de las canas en sentido literalmente temporal. Ese pelo blanco que pone nívea la hermosa cumbre. Y es que, en cuanto pasan de la hilera al tropel, hacen gala de su carácter díscolo y puntiagudo. No se aplacan ni se acompasan con sus cabellos compañeros a no ser que todos plateen. Este azar del azahar es la marca indeleble de que el tiempo nos limita. No hay síntoma juvenil (físico o espiritual) que contradiga la albura de las hebras. Ni la tersura del cutis ni la minoría de arrugas ni la estirpe de la cintura. Mucho menos la profusión de ungüentos o las apreturas del atavío. Incluso ante el penetrante tinte que todo lo oscurece en lucido baño de color, más temprano que tarde emerge la argentina raya que delimita el sexo anterior del seso posterior. Tampoco la brillante calvicie ni el  deportivo rapado rinden al venerable vello. No hay más que mirarse inclinado.

Por eso, cuando las canas airean lo mejor es acomodarlas a los ojos que las miran pues, ya no sirven las gafas color rosa para ver distintas las cosas. Y entonces, quizá siente bien la levedad que aparece tras desprenderse de las tiranías que impone la afectada juventud. Adios milongas.

Pero, ¡qué curioso!, las canas que orearon jóvenes y parecieron prontamente veteranas, ahora vengan sus agravios juntando experiencia e inmanencia. Blanco sobre blanco. Pelos en paz. Tengo amigos que confirman lo que digo. Cráneos privilegiados que supieron airear a tiempo las canas para poder dedicarse así a entusiasmos más fructíferos. ¡Cuánto saber acumulan esas canas! ¡Por los pelos!

domingo, 30 de diciembre de 2012

Fin y principio

Creo que estamos necesitados de límites para poner coto a lo infinito y reconocer con alivio nuestra condición perecedera. Quizá por eso la historia acostumbre a relatar hechos de frontera. Entre la frontera y la linde transcurre nuestra vida, atentos más a lo que nos separa que a lo que nos une: entre la nación y la finca, entusiasmados en construir muros y vallas. Y al filo de unos y otras, por aquello de que el fin justifica los miedos, intentamos dar sentido a nuestra existencia. De resultas de lo cual,lo que queda claro es lo paradójicamente que sentimos y discurrimos: creamos límites para sobrevivir en tan corto espacio. De igual manera, concentramos las felicitaciones en tiempos de nacimiento, justo cuando todo acaba...de empezar. Y así hasta el infinito deseo de que el año venidero fulmine fronteras y sea más lo que nos una que lo que nos separe. Feliz año.