domingo, 1 de mayo de 2016

La hora de la verdad

Si usted quiere manifestar sinceridad, camine, pasee, andurree acompañado. Al cabo de una hora surtirán los efectos. Con su pareja, con sus hijos púberes, con su querida madre, con sus compañeros del sindicato, con sus amigos de entonces y de ahora. Como desee. Pues ese será precisamente el momento del día en que le entrarán unas irresistibles ganas de abrirse a los demás, de estrechar vínculos, de ofrecer a quien quiera escucharle lo que opina sobre el barrio y sobre el mundo; su parecer sobre las identidades nacionales o individuales; sobre lo que recuerda o le preocupa.

Lo tengo comprobado: no hay momento de mayor intimidad diaria que el que aporta el paseo compartido. No la carrera o el running, como nos gusta difundir ahora en crudo xenismo. Cuando se corre, el prolongado esfuerzo limita la conversación fluida y el candoroso arrebato. Pero con la cadencia del vivo paseo, que tonifica músculos y neuronas, apetece charlar de intimidades y relevancias. Parece que el cuerpo se ennoblece con el moderado ejercicio y abre el alma a la comunión y al consuelo.

Porque (hay que recordar los principios de realidad con ocasión o sin ella, como diría el teórico) es evidente a estas alturas (o bajuras) civilizadoras que el tálamo está sobrevalorado como íntimo y noble lugar. Es, sobre todo, el de la artera complacencia que mueve el sexo o el sueño. El "campo de plumas", que dijera el insigne don Luis de Góngora, es el lugar idóneo para las batallas de amor; pero ya sabemos por algunos poetas y otros artistas de la contradicción que los códigos de la contienda velan un honor que se achica en las distancias cortas: chantajes, traiciones, transacciones lamentables, cuerpos genuflexos, gachas cervices, barbillas altaneras, ojos lacustres... En la cama, con frecuencia, se enseñorea la microfísica del poder y la humanidad menos lograda.

Pero otro tanto sucede si hablamos de las distanciadas y aparatosas conversaciones, es decir, propiciadas mediante aparato electrónico interpuesto; tanto da que sean leídas, escuchadas o vistas. Parece que el medio casi nos empuja a la ficción o, al menos, a la mentirijilla. A diario, los hiperbólicos excesos comunicativos de las redes sociales, muy prolijos en detalles insignificantes y ocurrencias virales, nos llevan a cansinear tanto a seres queridos como a criaturas ninguneadas. Tanto da. Pareciera que, en tales circunstancias, el cuerpo nos pidiera ficción, que nos costara trabajo encarrilar la mímesis.

Por eso, encuadro y concluyo: si quieren abrirse el corazón y que se lo abran, paseen y vean.

I want to walk with you.


domingo, 14 de febrero de 2016

Recreo I



Tanta saña feroz, ¿qué herida cubre?
Seguro, cuando el sol era sustento.
Dichoso, cuando el mar nutrió el talento.
Hoy te asura la niebla en gris octubre.

Sufre la edad ligera quien descubre
que todo se resuelve en leve aliento.
Si prolonga, no más, mordisco lento,
una luz fugitiva más que lúgubre.

Tanto esfuerzo medido de caderas,
tanto sueño febril en digestión,
tanto empeño ascendido en costanera...

...para acabar nuboso y con bastón.
Esta es la cima, no arde ya más cera:
la gran belleza loa, no el rencor.

lunes, 15 de junio de 2015

El análisis sintáctico y otros rituales de tránsito


Las ceremonias y los ritos, por más rancio aroma que destilen, son necesarios para trascender el crecimiento de las criaturas que, como adultos, custodiamos. La tribu requiere rituales de tránsito para que sus miembros crezcan y aprendan a soportar la adversidad en la que vivirán. Necesitan medir sus fuerzas para enfrentar sus propios infiernos. Si prescindimos de estas solemnidades, dejaremos su devenir en manos de líderes descerebrados y desalmados. Es decir, sí o sí, precisarán ritualizar el cambio para que se note su condición adulta. De parecido modo, por ejemplo, ha sucedido con las nuevas investiduras municipales. Precisamente, porque había que reconocer la implicación de la ciudadanía y visualizar una propuesta distinta de gobierno, es por lo que se ha empezado a hacer presente un nuevo ritual: la vara laica, la camisa sin corbata y la llegada en bici. Pero con banda. Por eso, es mejor que practiquemos una organizada transformación de las formalidades para acomodarlas a estos tiempos, en lugar de descuidarlas. 

Pues bien, con motivo de la graduación de bachilleres y en mi condición de tutor, ceremonié como  creo que correspondía, es decir: compuse traje, impuse bandas (con el escudo escolar sobre el diestro pecho), aventé besos, estreché manos y loé envolturas. Todo oportunamente sincero y esperanzador, ya que nuestra juventud bien merece que celebremos formalmente sus metamorfosis y sus logros, más si cabe en vísperas de las Pruebas de Acceso a la Universidad. Pero, claro, una cosa es que la ceremonia sea necesaria y otra que se convierta en tedioso fasto de infinito discurso o impostado reconocimiento, premeritorio más que premonitorio. Hay que encomiar los pasos importantes pero quizá no necesariamente cada pisada. Esta moda de orlar la infancia (birrete, banda e incluso vara) que tanto nos enorgullece a las familias, no sé yo si pueda provocar cierta banalización litúrgica cuando crezcan. En fin, todo sea por la proyección fotográfica y textil.

En estas distracciones y otras andaba recientemente, mientras intentaba  enseñar a mis alumnas y alumnos de 1º de ESO D (ese grupo que me fatiga y me alumbra) las básicas rutinas sintácticas: que si el grupo nominal con función de sujeto; que si el grupo verbal predicado; que si la concordancia de sus núcleos; que si alguna sustitución mediante pronombre para reconocer los principales complementos del predicado... Y lo hacía con el profesional desconcierto que me produce tener a una clase callada sin saber muy bien para qué. ¿Sintaxis para alumnos con problemas de respiración intelectual? ¿En qué les va a aprovechar? ¿Matizarán su comprensión? ¿Se expresarán mejor?  Pero, de pronto, tras la corrección en la pizarra de una de las oraciones dictadas, dice el alumno que con más afán incordia en clase:

¾Anda, profesor, si he analizado una oración como mi hermano que está en 1º de bachillerato. ¿Eso quiere decir que ya soy mayor? 

Hay que ver con qué frescura mi alumno pejiguera legitimó la enseñanza sintáctica y atemperó mi desasosiego gramatical.


Para acabar, quisiera atender a la condición ritual de otro gran lastre de la profesión docente: los exámenes. Pero, en este caso, voy a apoyarme en autoridad más lograda y menos repentina. Philippe Meirieu, notable pedagogo francés, en su libro Referencias para un mundo sin referencias incluye el siguiente y clarificador texto titulado "La época de exámenes". Suelo utilizarlo  a comienzo de curso en la reunión con las familias. Dice así:

"Cada año, en el mes de junio, la escuela es presa del frenesí del periodo de evaluaciones: exámenes, pruebas, controles, consejos de clase que llegan a gran velocidad. En clase, hay la obsesión de terminar el programa. En la familia, está el miedo al fracaso y la lucha cotidiana: en casa de unos, hay que empujar a los chicos que se retrasan en ponerse a trabajar y repetir constantemente la importancia de los objetivos; en casa de otros, hay que calmar a los chicos demasiado ansiosos que comprometen su equilibrio psicológico y físico. En las librerías, empieza la carrera por conseguir el "opúsculo milagro" que dé las mejores recetas. En las farmacias, comienza la búsqueda del "elixir del éxito": vitaminado, para dar energía y calmante, para evitar la angustia. En la prensa, aparece todo un rosario de consejos e incluso parece que en algunas iglesias aumenta la efervescencia, puesto que la venta de cirios durante este periodo se incrementa en proporciones considerables.

Es así como, una vez al año, la sociedad organiza un gran tránsito colectivo para mostrar la parte seria de su sistema escolar. Para la ocasión, reinventa el rito de paso: los indios de América del Norte enviaban a los adolescentes a atravesar el desierto con un trago de agua en la boca que tenían que vomitar al llegar; en América del Sur, se trataba de caminar con los pies descalzos sobre un lecho de brasas. Por todas partes, la importancia de la preparación es un elemento decisivo del rito: hay que pasar días entrenándose, horas discutiendo sobre el "gran día" en la efervescencia colectiva y noches solitarias meditando sobre la importancia del acontecimiento.

En resumen, es mejor que nuestros hijos preparen sus exámenes en lugar de que inviertan sus energías en otros ritos de iniciación menos formadores: el carné de conducir, el primer porro, la primera noche que no duermen en casa, el primer disco que roban en unos grandes almacenes...Pero nosotros somos los que  tenemos que ayudarles a vivir este ritual escolar para que les ayude a crecer. Sin minimizar ni dramatizar. Pasar un examen siempre es una "prueba"...pero debe ser una prueba que permita medirse con uno mismo y no con los demás. Se trata de fijarse un desafío y de brindarse los medios para superarlo. Un desafío que imponga "deberes" (en todos los sentidos del término) pero que también otorgue, si lo logramos, derechos. Un desafío en el que aprendamos a proyectarnos en el futuro, a fijarnos un objetivo, a organizarnos para conseguirlo. El pedagogo Fernand Oury utilizaba, en su clase, el sistema de los cinturones de judo: cada alumno podía, cuando se sentía preparado en una u otra materia afrontar las pruebas necesarias para pasar al cinturón superior. Una bella lección de pedagogía escolar y familiar: reencontrar el sentido de la prueba como conquista de uno mismo, como medio de implicarse y no de someterse. Ayudar, en esta ocasión, a un ser a superarse estableciendo con él una alianza que, exponiéndose al riesgo de comprometerlo todo, debe tomar partido deliberado por la discreción."



martes, 19 de mayo de 2015

La belleza de la rehala

En la anterior entrada, incluí la referencia a un alumno que tronchaba la belleza, es decir, la escribía con "v". Y argüía yo el trabajo que nos quedaba por recorrer hasta que entendiera su necesidad. Pues bien, tal que ayer y a propósito de un diálogo dramatizado que tienen que elaborar en equipo el conjunto de alumnos de su grupo, el  segador de belleza se despachó con el gusto por incluir como personaje a un rehalero. Por supuesto, excepto él que ama la naturaleza y la caza, ninguno más sabía qué era un rehalero o una rehala. Incluso yo, pensaba que solo se escribía sin -h- intercalada. Pero él insistió en que esa -h- estaba presente en su memoria. Recordaba que la había visto nítidamente atravesada en la palabra. 

Hasta tal punto ha cobrado importancia el rehalero en el diálogo que ya ha elaborado con su grupo que ha quedado redondo, matizado y con un bello dolor. El conjunto de personajes tenían que encarnar los principales estilos comunicativos que suelen darse en un diálogo: inhibido, agresivo y asertivo. No han quedado mal los cazadores que lo acompañan en la conversación pero ni asomo comparativo con el rehalero que pierde accidentalmente a su mejor perro (un desgraciado y principiante disparo), ese que se jugaba la vida atravesando  zarzas. Y cómo monologa finalmente sobre el amargo azar y la necesaria resiliencia.

Aún hay mucho destrozo y mucha cacografía en su escritura pero, quizá por aquí, lo mismo va y roza la belleza. Me gustaría. Y creo que a él también.

viernes, 1 de mayo de 2015

De lecturas y viajes definitivos

Al cierre del libresco abril, necesito hablar de libros, lecturas y despedidas. Cada vez me atribula más la paradoja de las efemérides: ponen de actualidad un hecho o acontecimiento que se considera relevante a la par que lo liquidan. El 23 de abril de cada año abrimos en abanico a Cervantes (quizá menos sus letras que sus huesos), lo engalanamos, lo festejamos y al acabar el día lo cerramos. Así  permanecerá enclaustrado hasta  nuevo y airoso fasto primaveral. Mientras tanto, nuestras lustradas conciencias, individuales y colectivas, descansarán satisfechas para atender otra gloriosa conmemoración. Hay más días internacionales que ollas populares.

Por eso, en pleno puente viajero que recuerda nuestra condición laboral y aprovecha el buen tiempo, y por la atribulación que me produce el afán celebrador del que uno también forma parte, quiero atender hoy a lo pequeño, a lo laborable, a lo cotidiano y a lo turbadoramente valioso. Como decían los realistas franceses: "Le petit fait vrai."

Los libros que me importan y me impresionan (que me tocan por fuera y me trastocan por dentro) me hacen vivir más porque me hacen ser otro, porque me hacen ser más yo y, sobre todo, porque me hacen sentir mejor a quienes amo. Tengo muchas libros trenzados con  personas valiosas. Estimo a quienes leen. Estimo que nos leamos. Afortunadamente, disfruto de su compañía y de su calorcito: voraces y meticulosas lectoras; impulsivos y desarrimados lectores; escuchadores infatigables de estrambóticas historias paternas.

Pero hoy quiero hablar sobre todo, aún con el rastro en mis ojos de su mirada inteligente y huidiza, de una lectora y dos libros. Me recomendó más, pero especialmente estos dos harán que, a pesar de su viaje definitivo, ella pasee discretamente por mis más firmes adentros; al menos, mientras yo sea o recuerde haber sido un profesor letraherido.

Nunca olvides que te quiero es el primero. De Delphine Bertholon. Una novela a tres voces, entre las que destaca poderosamente la de la madre de Madison, la niña secuestrada. Las cartas que le escribe a la hija ausente son pura y trágica verdad.

Y el otro Mal de escuela de Daniel Pennac que, como buen cancre, cuenta cómo la literatura le salvó la vida. Tengo muy presentes las enseñanzas de Pennac que me alumbró mi lectora.  Siempre trato con algunos adolescentes con problemas de respiración intelectual. Tengo este curso uno que troncha la belleza: la escribe con v. Y a menudo pienso: "¡Qué largo camino nos queda por recorrer hasta que entienda su necesidad en este asqueroso mundo!"

Pues bien, aunque soy un lector a la penúltima y con la tradición francesa en estima, mi compañera lectora, que poseía una notable condición múltiple (ciencianaturalista, artista, tallerista, ...), me regaló estos valiosos fulgores para transitar por el sorprendente camino de la belleza.

Valga hoy este mi pequeño homenaje. In memoriam.


martes, 20 de enero de 2015

La activa comprensión

Partamos del siguiente texto del "goyizado" David Trueba:

 Distancia 

Ha sorprendido la reacción de los profesionales de la televisión en los instantes posteriores al desplome del jugador de fútbol Fabrice Muamba durante el partido que enfrentaba a su equipo, el Bolton, contra el Tottenham en White Heart Lane. La decisión de abrir el plano y mostrar panorámicas generales, optando por el respeto a la tragedia personal choca contra una sensibilidad ya inoculada entre nosotros, donde lo habitual es hurgar en el drama ajeno como si fuera un derecho que los espectadores se han ganado por la autoridad de asistir en directo al espectáculo. Por otro lado, esa actitud viene heredada de un periodismo triunfante que se considera al margen de cualquier norma, las mismas que exige de manera contundente a los demás actores públicos, en un ejercicio esmerado de incoherencia. Uno de los males mayores del periodismo proviene de considerarse una autoridad superior sobre la conducta social, algo así como jueces y tutores de las costumbres de toda persona en su radio de observación, pero jamás aplicar ese rigor a su acción profesional.

Por eso, que a órdenes del realizador los cámaras de la ESPN se distanciaran de lo que en ese momento estaba pasando, a algunos les sonaría más a autocensura que a respeto profesional. He ahí un buen examen personal para los espectadores. Los que sintieron que les escamoteaban un derecho, los que exigían, allí y en ese momento, presenciar la lucha por la supervivencia del deportista congoleño, atendían a un instinto. Los potentes teleobjetivos se apropiarían de los detalles más angustiosos para que pudieran repetirse una vez y otra en los noticiarios, en portales de Internet y en las redes sociales. Pasado un tiempo, desdramatizada la tragedia por la distancia, la agonía se podría utilizar en vídeos sacados de contexto y llenos de risas, como sucede siempre. Pero la cabeza del realizador funcionó a gran velocidad, con una consigna más constructiva. Mantener una mirada respetuosa e informativa, pero no carroñera. Parece fácil, pero estén seguros de que por la mente de los responsables de transmitir ese momento también cruzaron las tentaciones, el morbo y la obtusa idea del éxito popular. Si la actitud llamó la atención es porque desde hace tiempo nuestros ojos están en otras manos. 
David Trueba, El País, 18 de marzo de 2012



A continuación plantearemos dos formas distintas de responder a la organización de ideas del mismo, conforme a lo que se solicita en la 1ª pregunta de Comentario de Texto y Lengua Castellana y Literatura en las Pruebas de Acceso a la Universidad en Andalucía.

RESPUESTA A:

Este texto consta de dos partes:
  • En el primer párrafo el autor nos describe qué sucedió en un partido de fútbol en el cual un jugador se desplomó y la rápida actuación de las cámaras debido a la decisión tomada por el realizador de no mostrar imágenes dramáticas. 
  • En el segundo párrafo, nos da argumentos de por qué no mostraba estas imágenes y todas las consecuencias que conllevaría mostrarlas. Además, nos describe la posición que mantendrían algunos telespectadores de querer ver la supervivencia del deportista. 

RESPUESTA B:

·         Enumeración de ideas:


ü  Sorprende la decisión de mostrar el derrumbe de un jugador de fútbol en el campo mediante planos generales.
ü  Las imágenes panorámicas muestran un respeto por las tragedias personales.
ü  Las imágenes en detalle, ralentizadas y repetidas de una tragedia alimentan el morbo de los espectadores.
ü  Es habitual el deseo instintivo de los espectadores de hurgar en las tragedias ajenas.
ü  El periodismo triunfante se considera una autoridad moral sobre la conducta social.
ü  Ese periodismo triunfante se considera al margen de cualquier norma.
ü  Determinados espectadores pueden entender la distancia y el respeto informativo como autocensura de los medios.
ü  No es habitual mantener una mirada respetuosa e informativa sobre las tragedias.


·Organización de las ideas:



  Los medios de comunicación suelen alimentar el morbo sobre las noticias trágicas.
         
Ya que

Utilizan imágenes en detalle, ralentizadas y repetidas.

Pues
 
Se consideran al margen de cualquier norma

Por eso

Es habitual el deseo instintivo de los espectadores de hurgar en las tragedias ajenas.

Sin embargo

Hay ocasiones en que se mantiene una distancia respetuosa e informativa.

Aunque

Determinados espectadores puedan interpretarla como autocensura de los medios.

  • Tipo de estructura: inductiva ya que se inicia la columna periodística con la respetuosa retransmisión del desplome de Fabrice Muamba y se concluye con la tesis de que la mayoría de los medios alimentan nuestro morbo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Motivos para comentar


A poco que convengáis con Savater, puestos a asumir la sombra, es mejor vivir estos tiempos "asombrado" que "sombrío". Es decir, hay que enfrentar este presente difícil y desagradable que nos desanima con la pasión que la ocasión exige. Porque desde el pozo se ven mejor las estrellas. Tanto más si uno está recién caído de cabeza.

Pues bien, ¿qué tal si combatimos la corrupción con corrección? La ortográfica, si puede ser. Y la expresiva, que suele proceder de un buen discurrimiento que deriva de las rebeldes lecturas de la realidad. Porque, quizá ahora, nuestro mayor acto de rebeldía contra viajes senatoriales y atrocidades contables sea la voz sonora de nuestras verdades. Con comentarios a veces irónicos, a veces profundos, a veces líricos. Es tiempo de que (al contrario del cantar machadiano) de cada diez cabezas, nuestras nueve piensen para que la del poder ya no embista.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Cómo conjurar la intemperie

Puestos en la necesidad de conjurar la intemperie (sol que achicharra o lluvia que inunda) y ya que no podemos evitar que quienes nos gobiernan y nos construyen la opinión nos cuenten cuentos, más valen aquellos que aleccionan y fortalecen el ánimo que estos contemporáneos y serviles que solo buscan tomarnos el pelo. Comencemos con uno de Nasrudín, ese Mulá (maestro), personaje mítico de la tradición popular sufí:

Un día de invierno, el juez encontró a Nasrudín en el mercado.
—Extraordinario—dijo pensativamente—llevo el más cálido de mis mantos forrados de piel y sin embargo, estoy helado por el viento. Mientras que tú, vestido con harapos, no pareces sentir el frío. ¿Cómo es posible?
—Un hombre que lleva encima toda su ropa no se puede permitir tener frío—contestó Nasrudín”.

Entereza y lección. Como en el microcuento de Augusto Monterroso, el dinosaurio de la crisis va para largo. Despertamos del sueño, caímos en el pasmo y hoy ya no hay quien duerma, no hay quien sueñe. Pero, también sabemos por Borges qué sucede a quien desprecia o ningunea sus sueños. Historia de los dos que soñaron es un cuento de ambientación oriental en el que el cairota Yacub El Magrebí, magnánimo y liberal, pierde todas sus riquezas (menos la casa de su padre) y tiene que trabajar (como nosotros) para ganarse el pan. Un día, rendido por el trabajo, sueña con un desconocido que le dice que vaya a buscar su fortuna en Persia, en Isfaján. Tras afrontar “los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres” (sobre todo de los hombres), topa en Isfaján con el capitán de los serenos que desprecia tanto el sueño cairota como el isfahaní propio, sin atender a su vínculo. “Bajo la sola fe de su sueño” y tras larga travesía de ida y vuelta, Yacub es recompensado.

Todavía un tercero cuento de ambientación oriental. De Ricardo Gómez, perteneciente a su libro Cuentos crudos en el que, pese a la crudeza de sus vidas, los personajes están cargados de esperanza. Así sucede en el titulado El cartero de Bagdad que de tal forma termina: 

Ojalá la noche fuera tranquila y no hubiese explosiones. Entre otras cosas, porque tenía ganas de trabajar y a él le gustaba su trabajo. Saludó a las mujeres en la cocina, un instante después de pensar que no había placer mayor en el mundo que el de ser cartero en Bagdad”.

Como la ficción nos enseña, no podemos permitirnos el lujo de tener frío ni despreciar nuestros sueños ni mucho menos desesperanzarnos, por más que el monstruo nos sobrecoja. Hay que darle la vuelta al cuerpo y al alma pues toda crisis conjuga peligros y oportunidades. En chino, la palabra “crisis” (weiji) se compone de dos ideogramas: Wei que se traduce como “peligro” y  Ji como “oportunidad”. El envés de una maldita realidad es un sueño liberador. Como alguna vez le he escuchado a Antonio Carvajal, tenemos derecho, hasta el fin de nuestros días, al sueño y al delirio.

martes, 28 de mayo de 2013

Profesa: déjate llevar

Profesar es ejercer una ciencia, oficio, arte...También enseñarlo con inclinación y continuidad. Incluso creer y obligarse a creer, no solo ni necesariamente en una doctrina, sino, para mi gusto, mejor en un afecto sentido, inclinado y perseverante.

Y todo camino porfiado comienza por unos primeros pasos en los que hay que dejarse llevar, godeo a godeo... hasta llegar al regodeo.


Por qué acre pudiendo alacre

Aclarémonos. Estamos hablando de alegría y presteza del ánimo para hacer algo. Cualidad básica de quien emprende y sostiene el empeño a pesar de las malaventuras o de los infortunios. Lo veo en mis alumnos y en mis compañeros. Mejor dicho, (fuera sexieufemismos), en mis alumnas y en mis compañeras. Afortunadamente, no es rasgo que singularice una determinada edad. Hay jóvenes displicentes que se inician en la profesión como si el mundo necesitara su espíritu quejoso y mayores vivaces que, con sus cotidianos gestos de celebración de la vida, alimentan las ganas de quienes les acompañan en su aventura. Será más bien cuestión de carácter e itinerario. Lo cual no obsta para que sigamos encontrando ejemplos que alimenten los tópicos (haberlas hailas) de la joven animosa y la mayor huraña; de la ingenua lozana y la experta desengañada. O el perito en acrimonias que decide extender sus asperezas por el ancho mundo. Por eso, sin duda, mejor alacre.


jueves, 11 de abril de 2013

El día de la primera eyaculación

66 años,  10 meses, 6 días                                          Jueves, 16 de agosto de 1990

"Polución", anuncia Mona metiendo las sábanas de los muchachos en la lavadora.  ¿Nocturna? Y diurna, precisa ella añadiendo un par de calcetines pegajosos y dos calzoncillos vitrificados por el esperma. Pues sí, para el moco se ha inventado el pañuelo, la escupidera para la saliva, el papel para las heces, aquí está el recipiente para la orina, el más fino cristal para las lágrimas del Renacimiento, pero nada específico para el esperma. De modo que, desde que el hombre es adolescente y descarga en todas partes donde le empuja la pulsión, intenta esconder su fechoría con los medios que tiene a mano: sábanas, calcetines, guantes de aseo, trapos, pañuelos, kleenex, toallas, borradores de redacciones, periódicos del día, filtro para café, todo sirve, incluso las cortinas, las bayetas y las alfombras. Siendo la fuente inagotable, siendo las pulsiones innumerables e imprevisibles, nuestro entorno es una vergonzosa jodienda. Es absurdo. Urge imaginar un receptáculo para el esperma que regalaríamos a cada jovencito el día de su primera eyaculación. El asunto estaría ritualmente regulado, sería la ocasión para una fiesta familiar. El muchacho llevaría su joya en bandolera, tan orgullosamente como su reloj de primera comunión. Y se la ofrecería a su prometida el día de los esponsales, concluye Mona, muy interesada en mi proyecto.

Daniel Pennac, Diario de un  cuerpo.

Este bizarro fragmento de Pennac me ha traído a la mente dos curiosas referencias que me desasosiegan. Por un lado, el cuento "El buscador" de Jorge Bucay. Por otro, el refrán paterno para desperezar al hijo remolón: "Quien mucho duerme, poco vive". ¿Será el tiempo eyaculado el verdadero tiempo vivido? ¿Caben varias poluciones en un sueño remoloneado? E incluso ¿tendrá algo que ver la habitual sustitución de las recias cortinas por los vaporosos visillos con la disminución de esperma en el hombre occidental?

miércoles, 10 de abril de 2013

El poder de la regla

43 años, 10 meses, 7 días                                             Jueves, 17 de agosto de 1967

Insulto de Bruno tras un acceso de mal humor de Lison: "¿Te sangra el conejo o qué?" Lison, que tal vez tenía la regla- a veces le resulta dolorosa-, enmudece sobrecogida. Y Bruno se ruboriza. Esas bromas gamberras sobre la regla de las jóvenes son una invariable histórica. Se huelen ahí un misterio femenino del que están excluidos, la intrusión de una complejidad que fundamenta a la mujer como misterio... El insulto a la muchacha convertida en mujer, cuando uno mismo se siente aún lejos de ser un hombre, es la venganza corriente de los jovencitos. Pero la potencia normativa producida por la doble homonimia de la palabra "regla" les intimida. Esta hermana a la que finjo despreciar es la detentadora de la regla. Posee el instrumento de medida. Dicta las reglas. Regula el curso de los astros. Esos gamberros querrían que la palabra "regla" asqueara, pero su homonimia impone.
Daniel Pennac, Diario de un cuerpo

martes, 9 de abril de 2013

Acceso de infancia

61 años, 7 meses, 22 días                                                     Sábado, 1 de junio de 1985

Al final de "Greystoke", el viejo lord, durante una fiesta de Navidad, se mata resbalando por la escalera del castillo, sentado en una gran bandeja de plata que le sirve de trineo. De niño, bajaba con esa misma bandeja los peldaños desde la nursery, pero ya no tiene edad para eso, ya no controla la trayectoria y se mata en una curva. Su cabeza choca con un pesado pilar de madera. Gran pesadumbre de Tarzán. (Y de Grégoire.) El viejo lord ha sido víctima de un ataque de infancia. Eso debió de sucederme ayer cuando, de pronto, he jugado a asustar al perro. El niño brinca en mí muy a menudo. Presume de mis fuerzas. Todos estamos sujetos a esos accesos de infancia. Incluso los de más edad. Hasta el fin, el niño reivindica su cuerpo. no cede. Intentos de reapropiación tan imprevisibles como incursiones. La energía que despliego en esos momentos es de otra época. Mona se asusta viéndome correr tras un autobús o trepar a los árboles para coger una pieza de fruta fuera de alcance. No me da miedo que lo hagas, sino que unos segundos antes no pensabas en hacerlo.

Diario de  un cuerpo, Daniel Pennac.

El, en esta ocasión, sexagenario protagonista de Diario de un cuerpo, a partir de la muerte del viejo lord en la película Greystoke, desentraña sus propios accesos de infancia, algo así como la preeminencia de la energía infantil  sobre el carácter adulto. Y yo, a partir de sus ejemplos, caigo en la cuenta de mis propios accesos. Mis fingidos refriegas con mis niños. Esas que empezamos y, ya sanguíneos y agotados, no sabemos terminar, hasta que llega mamá y nos saca aún más los colores, especialmente a mí ( "...y el padre, el más niño").

O ese otro acceso (un mero hápax corporal) en que, cercano a la meta, me adelanta una joven corredora y, sin pensar hacerlo, emerge el niño que la alcanza, la sobrepasa y reivindica su cuerpo. Energía herida.

martes, 2 de abril de 2013

Fondo de "almario" a diario

Conforme el tiempo y mis dudas avanzan, más lector me siento. Profeso la lectoría. Y en tanto que leo, menos hesito sobre la primacía de la femínea alma. Por azar, armonizo estos días la lectura de dos obras sobre o con forma de diario: La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero y Diario de un cuerpo de Daniel Pennac. Ambas notables por nutricias. Rosa Montero hila logradamente las reflexiones que Marie Curie escribió en su diario tras la traumática muerte de su marido con su propia vida y sus propias muertes. ¡Qué capacidad la de estas mujeres para tentarse el alma! El libro de Pennac, un prodigio y un hallazgo. Un adolescente, a partir de sus miedos, decide escribir un diario  de los placeres y dolores de su cuerpo. Este culminará prácticamente con la muerte anciana del protagonista. Es tan físico este diario que no ahorra escatologías, ya excrementicias ya doctrinales. Pero cuando alguna anotación tiende a traspasar la epidermis y rozar lo sentimental, el protagonista se detiene para no torcer su físico propósito.

El otro día, a propósito del cuento de Borges Historia de los dos que soñaron, pedí a mis alumnos y alumnas que transformaran el final de este relato de tal modo que lo contara un narrador protagonista en forma de diario, especialmente una vez que el capitán de Isfaján cuenta su sueño al hombre de El Cairo. Pues bien, yo quisiera saber quién nos  adieta a los hombres el autoconocimiento. ¿Lo nuestro es lenta maduración o desatino programado ? Abrumado pude comprobar que a los adolescentes, chicos o grandes, nos falta  fondo de "almario". Me explico: nos falta tentarnos el alma, meter las manos dentro y manosearnos y ensancharnos para comprender nuestras angustias, nuestros miedos y nuestras ilusiones. No todas pero bastantes de mis alumnas hicieron oportunamente la actividad: encabezamiento con fecha, tono reflexivo más que narrativo en el que valoraban cómo el hombre de Isfaján había desperdiciado su sueño. En cambio, ningún chico  rozó un final en forma de diario. A lo más que llegaron  fue a contarlo en primera persona. Pero ni tono reflexivo ni fecha que lo enmarque. Todo un síntoma de almas solares, diáfanas... sin espesura, sin fondo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Lo común

 Las palabras interinan significativamente nuestra existencia: van y vienen; ahora son unas y antes fueron otras. A veces cambian sus adentros, a veces sus afueras. El uso, como a la falsa monea, las desgasta y transforma. No obstante, podemos hilar el rastro de su venero. Y no viene mal, de vez en cuando, airear los orígenes etimológicos, apartar la mugre semántica y que el primer primor asome.
Lo común es que el adjetivo común se entienda más en segunda, tercera o cuarta acepción que en primera que es la que da cauce y sentido al resto; más como "corriente, ordinario, vulgar, bajo, inferior, despreciable" que como aquello que "no siendo privativamente de nadie, pertenece o se extiende a varios". Es curioso que, en este caso, los brillos de lo colectivo se los haya apropiado totalitariamente la doctrina: religiosa y política.
"Comunicar" del latín communicare y este de communis (común, mutuo, participado). No viene mal recordar que comunicar no es solo informar en ruedas de prensa sin preguntas; ni que la comunicación existe más allá de los medios (o correas de transmisión). Que comunicar, para la inmensa mayoría, es  sobre todo hacer a otro partícipe de lo que uno tiene.
"Comunidad" que es  tanto cualidad de común como conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes. Y resulta que despotricamos de las comunidades de vecinos y de la propiedad horizontal y perdemos el culo por las banderas que blasonan las comunidades históricas y la propiedad vertical.
"Comunión" que es participación en lo común. Pero hete que la primera y eucarística, se tragó al resto. Para colmo de males, incluso significa partido político en sexta acepción.
"Comulgar", que es coincidir en ideas o sentimientos con otra persona, casi queda en exclusiva para dar o recibir la sagrada comunión o a lo más, ruedas de molino.
"Comuna" que no solo es un rejunte de bienes hortelanos y males sexuales sino también acequia principal de donde se sacan los brazales.
"Comunismo" que es movimiento que propugna una organización social en que los bienes son propiead común. Pero también, doctrina que agrisó larga y anchamente muchas vidas.
Quizá aquí esté el origen de este sesgo, en la deletérea costumbre de adoctrinar que no es otra cosa que instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias. Y hasta aquí llegamos, hasta inculcar que es, ni más ni menos, que apretar con fuerza algo contra otra cosa. La fuerza (vigor, robustez) que los doctrinarios hacen por quitarnos lo común (sanidad, educación, servicios sociales) y la que nosotros no hacemos para conservarlo.
 

martes, 5 de febrero de 2013

Dominios de almohada

Él hunde la cabeza en la almohada pero el escrúpulo sigue allí, rondando su conciencia.
Ella mira el rayo de luna que se cuela por la persiana hasta el remate de la funda, al borde de sus ojos.
Él alisa con sus mejillas, uno a uno, los pliegues de la cobija, con el deseo de que a la par se aseden los dobleces que lo angustian.
Ella hiende la noche como la proa raja el mar.
Él adhiere  los extremos de la almohada, en denodado esfuerzo de brazos y nuca, como si fueran haz y envés de un mismo lado.
Ella prolonga el cuello más allá del cabecero y aún de la propia habitación...pero el alma no se estira.
Él encorva el cuerpo cual si rabiara precipicios.
Élla se atraviesa en diagonal como si buscara nortear por el mar de sábanas inclementes.
Él quisiera infamar la noche que le oscurece el deseo...pero teme el hierro.
Ella sueña con otro hombre...
...Y él también con otro tú.

Afortunadamente, no hay noche que resista un buen día de sol.

martes, 29 de enero de 2013

Canas al aire

No es precisamente de sexo de lo que voy a hablar en esta entrada; o quizá sí, todo de una un otra manera tiene que ver con el vaiven; de ahí partimos y hacia ahí vamos. Parece que en toda forma de esparcimiento y diversión hay que columpiarse. Más si pintan canas.

 Pero, bueno, básicamente quiero tratar de las canas en sentido literalmente temporal. Ese pelo blanco que pone nívea la hermosa cumbre. Y es que, en cuanto pasan de la hilera al tropel, hacen gala de su carácter díscolo y puntiagudo. No se aplacan ni se acompasan con sus cabellos compañeros a no ser que todos plateen. Este azar del azahar es la marca indeleble de que el tiempo nos limita. No hay síntoma juvenil (físico o espiritual) que contradiga la albura de las hebras. Ni la tersura del cutis ni la minoría de arrugas ni la estirpe de la cintura. Mucho menos la profusión de ungüentos o las apreturas del atavío. Incluso ante el penetrante tinte que todo lo oscurece en lucido baño de color, más temprano que tarde emerge la argentina raya que delimita el sexo anterior del seso posterior. Tampoco la brillante calvicie ni el  deportivo rapado rinden al venerable vello. No hay más que mirarse inclinado.

Por eso, cuando las canas airean lo mejor es acomodarlas a los ojos que las miran pues, ya no sirven las gafas color rosa para ver distintas las cosas. Y entonces, quizá siente bien la levedad que aparece tras desprenderse de las tiranías que impone la afectada juventud. Adios milongas.

Pero, ¡qué curioso!, las canas que orearon jóvenes y parecieron prontamente veteranas, ahora vengan sus agravios juntando experiencia e inmanencia. Blanco sobre blanco. Pelos en paz. Tengo amigos que confirman lo que digo. Cráneos privilegiados que supieron airear a tiempo las canas para poder dedicarse así a entusiasmos más fructíferos. ¡Cuánto saber acumulan esas canas! ¡Por los pelos!

domingo, 30 de diciembre de 2012

Fin y principio

Creo que estamos necesitados de límites para poner coto a lo infinito y reconocer con alivio nuestra condición perecedera. Quizá por eso la historia acostumbre a relatar hechos de frontera. Entre la frontera y la linde transcurre nuestra vida, atentos más a lo que nos separa que a lo que nos une: entre la nación y la finca, entusiasmados en construir muros y vallas. Y al filo de unos y otras, por aquello de que el fin justifica los miedos, intentamos dar sentido a nuestra existencia. De resultas de lo cual,lo que queda claro es lo paradójicamente que sentimos y discurrimos: creamos límites para sobrevivir en tan corto espacio. De igual manera, concentramos las felicitaciones en tiempos de nacimiento, justo cuando todo acaba...de empezar. Y así hasta el infinito deseo de que el año venidero fulmine fronteras y sea más lo que nos una que lo que nos separe. Feliz año.

domingo, 25 de noviembre de 2012

El movimiento y el estilo


Como me ha dado por correr y leer libros sobre el correr (los dos sustantivos del título me van a servir para vincular, como Murakami, ámbitos que, en principio, pueden parecer alejados cuando no desafectos), creo que es normal que me preocupe por el movimiento y el estilo. Un cuerpo erguido, envuelto en un movimiento proporcionado, acompasado y relajado potencia las ganas de correr. Por contra, un cuerpo humillado, envuelto en un torbellino de brazos y piernas, con un movimiento desigual, desmedido y tenso potencia el sufrimiento y la pesantez. Estas diferencias muestran, a todas luces, lo que sería un movimiento estiloso al correr. Hasta aquí, más o menos, las palabras nos valen para hacernos una idea e incluso una imagen mental  del movimiento y el estilo (cada cual ilustrará sus ejemplos gráficos con los cuerpos que mejor le vengan en mente).

Pero cuando las palabras han de servirnos para aquello que precisamente se hace con palabras, entonces vienen los líos. Me explico: entre otros menesteres y lucimientos, me ocupo en enseñar a tiernas criaturas de duras molleras las valías literarias de nuestros antepasados lingüísticos. Y hete aquí que me vuelvo a encontrar con el movimiento y el estilo. No hay manual que se precie ni libro de texto escolar que no incluya estas palabras cuando trata nuestra historia literaria. El Renacimiento y Garcilaso, valgan como ejemplo. "El Renacimiento es un movimiento cultural que..." "El estilo italianizante de Garcilaso...". Los libros y yo nos quedamos tan anchos y satisfechos cuando soltamos movimientos y estilos por hojas y boca, pero las tiernas criaturas no se quedan a dos velas sino a una, que es ninguna. "Profe, ¿qué es movimiento? ¿y cultural? ¿y estilo?" Y el profe, que por supuesto ha interiorizado estos conceptos hasta la médula, intenta balbucir respuestas que no pueden más que acabar en una tautología: "Un movimiento cultural es un conjunto de tendencias y características que se desarrollan en un periodo y que se propagan..." "El estilo se refiere a las maneras características que alguien tiene de..." "Niños, el movimiento se demuestra andando y el estilo es el estilo". Y punto.

Y es que con palabras tan polisémicas es difícil entenderse. Según la RAE, hay cantidad de movimientos, nada menos que catorce acepciones distintas. Para el caso que nos ocupa, la más aproximada sería: "Desarrollo y propagación de una tendencia religiosa, política, social, estética, etc., de carácter innovador. El movimiento de Oxford. El movimiento socialista. El movimiento romántico". Lo dicho: el movimiento es el movimiento.

Pero el estilo no se queda muy atrás; con trece significados cuenta. Quizá este sea el que más se ajuste a lo que venimos refiriendo: "Manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador. El estilo de Cervantes". Este otro también puede ser vecino: "Conjunto de características que individualizan la tendencia artística de una época. Estilo neoclásico". ¿Queda o no queda claro qué es el estilo?

Lo que para mí queda claro es la paradoja del decir. A veces nos valemos con muy poco, nos entendemos con palabras sin tallar pero mullidas; no precisamos más, su comodidad nos basta.  Una época resuelta en Renacimiento, la expresión de un sentimiento intenso y profundamente individual trocada en un común "te quiero". Y otras veces, las palabras encubren nuestra pereza comunicativa, nos escudan del esfuerzo de hacernos entender, de explicar el mundo y de explicarnos. El movimiento y el estilo.

Así que no renuncio a mi propia definición del estilo (el movimiento, si acaso, ya se me irá notando). Para mí, el estilo no lo forman tanto las maneras, costumbres, rutinas, cualidades o conductas que uno practica sino, más bien, las que uno es capaz de infundir y suscitar en los demás. Algo así como el rastro, la huella, la estela, la impresión, no sé, la impronta que alguien deja y que los demás reciben. Lo que dejamos, si acaso, en la clase cuando salimos del aula. Podría valer casi como greguería: "La estela es el estilo".

Y en definitiva, lo que yo quería hoy, más ni menos, era cantar la estela (el estilo) de mi hermano Eduardo, la impronta que yo recibí de él y que, en gran medida, me constituye. Trece años hace que ya no pisa entre nosotros pero sus huellas no han dejado ni un solo día de impresionarme.

In Memoriam.


martes, 13 de noviembre de 2012

La dicha como efugio

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esa curiosa forma de nombrar la felicidad, la dicha, procede del verbo decir, de la creencia pagana en que las palabras pronunciadas, dichas para crear ventura, producirán la bienandanza de sus destinatarios. Pero creían los paganos que el destino (fatum) dichoso lo provocaban las palabras divinas. Así que, ahora, en esta intemperie de dioses mudos y silencios airados, quizá nos sentara bien a todas (criaturas al raso) empezar a repartir dicha humana a diestra y siniestra. Al menos en mi barrio, las cajeras del supermercado y las tenderas que alimentan (todavía a los tíos el lenguaje nos suele fallar por la mejor parte), con su natural e inteligente intuición, practican esta retórica de la dicha expansiva.  Al salir por la puerta de la tienda, no solo llevamos las galletas, la leche, el pan, las verduras y la fruta que compramos; también nos acompaña el cariño o el corazón que nos regaló la amable dependienta.
-¿Qué más vas a llevar, cariño? ¿Tendrías diez céntimos, corazón?
Sabemos que los administradores de los discursos (prebostes, políticos, periodistas...) nos embaucan con demasiada frecuencia. Por ello, desconfiamos de las palabras; descreemos de su valor. Pero si nos convertimos en incrédulos del decir, solo conseguiremos dilatar nuestra impiedad, esa que achica la onda expansiva de la dicha. Es la boca la que hiede no la voz. Las palabras embusteras no deben truncar la necesidad de las diarias palabras dichosas.

Así que, ya sabes, cariño, sé dichoso, incluso redicho, no te importe repetir lo que consuela. Para estos tiempos fríos, tus tónicas palabras son un básico artificio de esperanza con el que construir el efugio, incluso el refugio, que nos permita sortear las cotidianas dificultades.

Dichoso quien con palabras alienta.